CUENTO: EL CERVANTES DE QUIJANA®

por José Baroja

«No hay duda de que la ficción hace un mejor trabajo con la verdad.»

Doris Lessing

En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre me gustaría acordarme, Alonso Quijana, a quien en broma algunos llamaban Quijada o Quesada, sobre todo su sobrina que no llegaba a los veinte años y su ama ya muy cercana a los cuarenta, llenósele el cerebro en fantasía de todo aquello que había leído en los libros que llevó a su casa hasta llenar su biblioteca con todos cuantos pudo encontrar. Un día, del poco dormir y mucho leer, deseó con las ansias de quien arde por un amor que se ha alejado, escribir una comedia que para él no habría otra más cierta en el mundo sobre un ingenioso poeta llamado Miguel de Cervantes y Saavedra. Quijada solo sonreíase de la santa ocurrencia entre los libros muchos que allí en la Mancha lo bendecían.

Y así se diría empezando el siglo XVII que Alonso Quesada imaginábase, entre estos tan agradables pensamientos, un primer manuscrito protagonizado por el hijo de un médico natural de Córdoba, sufrido por una existencia de capa y espada, que el mismísimo Lope envidiaría para su Arte Nuevo, empero siendo la historia previa completada por una infancia de llanto y correrías varias, sobrevivida con una olla de salpicón las más noches. También pensábase en un Cervantes de dieciocho años corriendo a Lepanto por un muerto que le habían montado sin justicia, donde herido en el pecho y en la mano izquierda por bala perdida sería después cautivo en Argel donde escribiría de puño bueno y letra pulcra sus andanzas. Sentíase en esa biblioteca, desde el seso de un Alonso nacido cierto tufillo de policial del siglo XIX aún sin inventar.

En el segundo libro, Cervantes moriría heroicamente entre las estrecheces de desdichado escritor digno en desahogar penurias por sus letras, mas bautizado por quienes lo oyeran como el famosísimo Manco de Lepanto. Alonso Quijana, Alonso Quesada o Alonso Quijada, الحمد لله على كل حال, nunca se enteraría que mientras pensábase en cumplir y asegurar con bellas palabras escritas la fantasía que ahora su cerebro devoraba, Pierre Menard, como recogería en el siglo XX el argentino Jorge Luis Borges, ya lo había imaginado a él como don Quijote.

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