ENTREVISTA DESDE PERÚ

Por Dayana Villa

Fuente: Grupo Ígneo

José Baroja es un narrador chileno radicado en México. Recientemente ha publicado su libro de cuentos El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Ediquid, 2020). Descubre acá algunas consideraciones sobre la escritura que tiene el autor y cómo fue su proceso creativo.

¿Cómo fue el proceso creativo detrás de la escritura de estos cuentos? 

Extenuante, consecuentemente extenuante, aunque este sea un calificativo que aplica a todos los procesos creativos de mi producción literaria hasta la fecha. Extenuante y a ratos dramática, agregaría, pues como insaciable lector, que lo soy desde mucho antes que calificarme como escritor, me he convencido con los años de que la emergencia de las emociones, de los discursos, de los cuestionamientos, de las interpretaciones, de la «belleza» incluso, a partir de un poema, de un cuento, de una novela o de cualquier expresión humana catalogable como artística, radica específicamente en su técnica, en su «buen hacer», en su arte. Pensando un poco en lo que comentaba el gran Edgar Allan Poe, a propósito de su célebre The Raven, en un artículo titulado Método de composición, que ciertamente recomiendo.

Por eso, el desprenderse de un manuscrito siempre me ha resultado una tarea difícil, repleta de resquemores; resquemores porque tras cada visita que realizo a un texto, por fuerza del oficio, corro, con demasiada frecuencia, el riesgo de caer en medio de una calamitosa e imperativa corrección, en el deseo de algún cambio voraz y despiadado de la trama, en un «pero» que podría parecer un mero accidente de la gramática a ojos de cualquiera. Sin embargo, sé que esto no sería así frente a una autora o autor medianamente consciente de que lo que hace es arte. Así tengo un sinfín de motivos recurrentes que me permitirían describir el proceso, al menos en algún punto, como dramático.

Como decía, un proceso extenuante, pues, para mí, e insisto en esto, para mí, la imaginación, las experiencias, las interrogantes, la narrativa, las opiniones y la inspiración se subordinan obligatoriamente al trabajo consciente, racional y meticuloso, que, adecuadamente realizado, podría concluir en que mi obra se reconociera como una «bella» representación estética de la vida misma, «belleza» que en última instancia escapará del dominio privado para pertenecerle a alguien más.

Creo, sinceramente, que una obra literaria no debe ser un panfleto de lo que pienso, sino una posibilidad de pensar. Ciertamente el proceso creativo detrás de mis cuentos es agotador y responde a todo lo dicho, puesto que en mi opinión la inspiración solo constituye el impulso inicial de un deseo estético que irremediablemente me arrastrará a meses y meses escribiendo borradores, realizando correcciones, buscando dentro de mí soluciones o aceptando el camino que los mismos personajes suelen ofrecer, todo hasta que al final un libro imperfecto descubra la luz, pues no puede haber libro perfecto bajo este criterio.

Sí, en definitiva, extenuante, a ratos dramático, pero sumamente respetuoso con el arte de la escritura. En cierto modo, infinito, ese infinito borgeano, pues pienso que en rigor una obra nunca deja de escribirse.

¿Cómo surgió la idea de hacer de los perros el hilo conductor?

En la tradición literaria existen notables ejemplos de animales que, por virtud divina o de otro tipo, han adquirido el don de la palabra. Ahí tenemos, por ejemplo, El asno de oro de Apuleyo, El coloquio de los perros del siempre ingenioso Miguel de Cervantes, o bien, Soy un gato del japonés Soseki Natsume, obras todas que comparten en su narrativa la verborrea incontenible de animales que, a veces sin quererlo, terminan denunciando el cinismo e hipocresía de nosotros, orgullosos y racionales seres humanos.

Ellos denuncian sin maldad, solo guiados por el reclamo de aprovechar ese momento, ese instante misterioso en que les ha sido entregada la posibilidad de narrar o de ser protagonistas de sus propias historias. Obviamente detrás de esto hay una autora o autor que se ha dado cuenta de la ventaja que poseen estos seres cuando se trata de ver, escuchar o decir lo que nosotros comúnmente no deberíamos siquiera tocar, ventaja existencial de la que se valen para mostrarnos el mundo desde la perspectiva de la incómoda marginalidad, quizás más real y mayoritaria que aquello que nos vende el Capitalismo como normalidad.

Esta marginalidad, por cierto, poblada por parias, locos, vagabundos, prostitutas y otras existencias urbanas que funcionan como espejos del fingimiento del que socialmente somos parte y que se enraízan con una tradición literaria propiamente hispanoamericana, que incluye obras como El Lazarillo de Tormes, Hijo de ladrónLa lucha por la vidaMarianelaLa Celestina… Lo que a mí me importa aquí es destacar que, al fin y al cabo, esos seres, de una u otra tradición, solo dicen la verdad, a sabiendas de que en medio de la broma siempre habrá quien comprenda el chiste.

Ese sentido enérgicamente crítico, social y político que se desprende de esas estéticas llenas de ironía y crudeza, puesto que que no adhieren a más partido que la representación de la supervivencia, sumada a mis experiencias personales por las calles de Latinoamérica y a mis cada vez más agnósticas opiniones acerca del mundo en general, se constituyeron como origen infranqueable para la génesis de esta idea perruna.

En cierto modo, podría decirse que quise formar parte de esa grandes tradiciones literarias trasladándolas a mi visión particular de Latinoamérica, tal como ya lo hicieron grandes autores como Horacio Quiroga y Manuel Rojas. Consecuente con esto, elegí el perro como eje o protagonista de estas historias, pues no se me ocurre otro animal tan propio de lo que significa ser latinoamericano, el perro mestizo, por supuesto, el sobreviviente, el que se adapta a todo, el «resiliente». Después de todo, ¿quién conoce mejor las calles de nuestras ciudades sino el perro? Espero haber logrado transmitir esto.

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

En principio solo quería contar historias similares a las que había encontrado en los primeros libros que descubrí en la biblioteca de papá. De hecho, aún recuerdo que el primer libro que examiné con absoluta solemnidad fue la Biblia, donde, obviando las incansables genealogías, encontré todo lo que un aprendiz de narrador podría desear: amor, perdón, redención, fe, traición, sexo, muerte, vida, esperanza y un larguísimo etcétera.

Ciertamente una obra que no se correspondía con mi edad, aunque ya entonces la sospeché ficción y la disfruté como tal. Años después me enamoré, o, al menos, sentí que me había enamorado, del modo en que lo puede comprender alguien cuya experiencia romántica se limitaba, en aquel momento, a ficciones de todo tipo: TV, películas, libros, música o pornografía, no en vano acababa de ingresar a la secundaria.

Fue en esas fechas cuando mi madre me regaló Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer y, en consecuencia, fue en esas fechas cuando tuve entre mis manos el modelo preciso para redactar los más pomposos y cursis versos de amor que poeta alguno pudiera recitar. En términos de relación, eso nunca prosperó, pero sí comencé a descubrir a otras y otros autores, en busca de esas experiencias que yo aún no tenía: Charles Baudelaire, Víctor Hugo, María Luisa Bombal, Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Gabriela Mistral, Roberto Bolaño, Elena Garro, Carlos Fuentes, Homero, Sade, Shelley. Podría decirse que entre más leía, más crecía en mí la necesidad de escribir y, por ende, el deseo de ser leído y de convertirme en uno más de esa biblioteca habitada por autoras y autores de tanta generosidad que se habían dado el tiempo de compartir algo acerca de sus vidas conmigo.

Después no tuve excusas para no hacerlo. Como dije al principio, empecé a escribir ficción cuando tuve la necesidad de hacerlo. Aún la tengo: dudo que sea algo que pueda controlar.

¿Alguna anécdota a resaltar relacionada con el proceso creativo de El lado oscuro de la sombra y otros ladridos?    

El único cuento de esta antología que ya había sido publicado se titula Un hijo de perra. Más allá del cariño que le tengo a este, el cuento causó, en su momento, varias reacciones negativas entre personas que ni siquiera se dieron el trabajo de leerlo, lo cual para mí resultó sumamente satisfactorio, pues al usar esas palabras en particular buscaba, precisamente, evaluar los prejuicios y las reacciones que pudieran nacer a partir de estas, no en vano, en mi opinión, la literatura que no remece es solo mierda edulcorada.

Lo anterior no quita el hecho de que me llevé varias sorpresas por la incidencia y el alcance de reunir esas palabras en el título de un cuento que efectivamente trataba acerca de un hijo de perra. De hecho, este fue dedicado a mi perrito, fallecido meses antes de que yo siquiera pensara en el título de este relato.

¿Por qué elegir el cuento como método para narrar? ¿Es tu género favorito?

A mi entender, y más allá de las distintas definiciones acerca de este género literario o de las absurdas discrepancias académicas sobre su constitución o taxonomía, el cuento es ante todo un arte experiencial.

Su brevedad nos exige como autoras o autores el centrarnos en un efecto que irremediablemente derivará de su relación con el mundo y, por supuesto, de la relación de las y los lectores con este; asimismo su carácter crítico o no.

En tal sentido, considero una ventaja que las virtudes de tal o cual cuento puedan resultar manifiestas ya a los pocos minutos de iniciada su lectura, fuerza de una inevitable condensación estética que conectará o no con quienes lo lean, otorgándole, a este género, cierta honestidad narrativa.

En cambio, en la novela, este juicio definitorio podría prolongarse a veces de manera superflua o cansina, e incluso hacer sentir engañados a quienes le han dedicado su tiempo como si hubieran pagado en el cinema por una película que al final resultó ser un fiasco. En cierto modo, y en mi opinión, el cuentista llega al alma o no llega, es todo o nada, razón por la que se afirma, acertadamente, que el cuento es efectista al pretender remecer sin aspavientos innecesarios la psiquis de quienes se encuentran con este, cuestión que lejos de convertirlo en algo sencillo, le da un trasfondo complejo y cerebral, al menos en aquellos que aspiran a ser más que un mero divertimento.

Parafraseando a Cortázar, el cuento persigue el nocaut, no el triunfo por puntos, lo que implica en sí mismo un riesgo. En mis palabras, el cuento es un trago breve, pero capaz de sobresaltarte por horas, algo así como un caballito de tequila en medio de un juego al que voluntariamente nos hemos sumado. Además, su brevedad en los tiempos que corren resulta particularmente favorable, pues un buen cuento es capaz de extenderse más allá de las letras que componen la edición: Ficciones de Jorge Luis Borges aún ronda alrededor de mi cabeza. Todas estas razones me incitan a pensar el cuento como mi género preferido, no mi favorito.

¿Cuáles autores te han inspirado en la escritura? ¿Qué recomiendas leer?

Esta es una pregunta verdaderamente compleja, puesto que la cantidad de autoras y autores que inspiran el hacer literario es enorme, más cuando uno es un acólito de la lectura. Solo por nombrar algunos diré: Jorge Luis Borges, María Luisa Bombal, Manuel Rojas, Roberto Bolaño, Virginia Woolf, Óscar Wilde, Miguel de Cervantes, Edgar Allan Poe.

¿Qué recomendaría leer? Para responder esto prefiero citar las palabras de Jorge Luis Borges: «Si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad». Déjense sorprender por la literatura.

¿Cuáles son las recomendaciones o consejos que le darías a alguien que también quiere escribir?

«Escribir palabras sobre un papel es fácil, hacer arte no lo es», si alguien quiere dedicarse a la literatura, lo llamaría primeramente a comprender esas palabras, después de todo hoy en día cualquiera puede publicar si tiene los medios para hacerlo, pero, y este «pero» marca mi labor personal, dedicarse al arte literario exige mucho más que unos cuantos pesos o el mero deseo de hacerlo.

En palabras de Camilo José Cela: «Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro». En cierto modo, como escritoras o escritores vivimos formándonos para esa obra que trascenderá, pero que parece nunca llegar y podría nunca hacerlo.

En consecuencia, pienso que la primera obligación de un escritor comprometido con su arte o de quien quiera dedicarse seriamente a la escritura será el leer, así que si en efecto alguien quiere escribir, le diría que primero lea, lea todo lo que llegue a sus manos, y ya cuando esté en medio de su propia obra, siga leyendo.

No obstante, que no se quede solo con lo que el papel contiene: escuche, observe, admire, experimente, viva, pues estas constituyen las formas esenciales de toda lectura y me atrevo a decir de todo arte. Luego, si aún tienen la necesidad de escribir, una necesidad que realmente le queme, atrévase a hacerlo.

Participe en concursos, en certámenes, en revistas, revise, corrija y vuelva a enviar sus manuscritos y, por favor, no se quede esperando que alguien lo descubra como si el mundo se lo debiera, pues contrario a lo que dice cierto sujeto de pocas letras, el mundo no conspira a favor de nadie, el mundo se trata de «hacer».

Probablemente lo primero que escriba no será digno de un Príncipe de Asturias, pero en el ejercicio está la maestría y tal como dijo Simone de Beauvoir: «Escribir es un oficio que se aprende escribiendo». Escriba, escriba, escriba, pero ante todo siga leyendo. La literatura es un acto narcisista de amor, pero uno que le llega a todo mundo.

¿Cómo recomendarías tu libro a los futuros lectores?

Si quieren leer un libro honesto, respetuoso con su arte, con una narrativa cuidada que no reniega de su profundidad crítica, aun utilizando un lenguaje sencillo, léame.