CUENTO: GUARNIERI®

«Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.»
Edgar Allan Poe


Buenas noches, buenos días… ¿o será buenas tardes? Sea cual sea la hora, te invito a imaginar a Eugenio. Ya sé que no lo conoces, pero creo que para comenzar esta historia bastará con decir que este «Eugenio Guarnieri» es el seudónimo de un todavía desconocido escritor. La verdad es que Eugenio ha redescubierto hace poco su vocación, por lo que aun cuando escribe y escribe, en este momento, en este preciso momento, aún no ha publicado algo digno de recordarse ni lo hará por muchos años más. De todas formas, lo importante en esta historia es que Guarnieri está segurísimo de haber redescubierto su vocación, y, más importante aún, esta vez se ha atrevido a asumirla. De hecho, Eugenio, hace pocos días, renunció a su confiable trabajo de oficina, pues mágicamente recordó, como si su vida fuera parte de una novela o de un cuento, quién era él, y con ello, las ganas de leer y escribir.

«¿Cómo es?», me preguntas. ¿Te refieres a sus rasgos físicos? Si es así, los dejaré a tu criterio. Es más, puedes imaginarlo como gustes, ya que no creo que sea necesario entrar en esos detalles, pues ya sabes que Eugenio Guarnieri es un escritor de vocación y que… bueno, desde que renunció a su trabajo, hace pocos días, así se presenta a quien le pregunte. Ya sé, imagínalo a partir de tu propia idea de cómo debe verse un escritor, solo considera que Eugenio es el protagonista de este relato, y de algún otro que ande perdido por ahí, puesto que se ha atrevido a ir contra la corriente, más preocupada de acumular bienes que de pensar en el prójimo, mucho menos en los libros, que son como infinitas vidas resguardadas sobre el papel. ¿Lo imaginaste? ¿Ya tienes más o menos una idea? Ahora sí. Ya podemos continuar.

Buenas tardes, buenos días… ¿o será buenas noches? Para Eugenio Guarnieri ya es de noche. Es la quinta noche desde que comprara ese cuaderno que ahora descansa frente a él; por supuesto, el más barato que encontró, puesto que su nuevo statu quo no le da para lujos. No obstante, bien podríamos afirmar que Eugenio ha despertado de una pesadilla que lo llevó a dejar atrás a mucha gente que verdaderamente lo quería, incluso a sí mismo, por ser parte de una absurda ruta de vida catalogada, por casi todos, como «normal». Afortunadamente esos rostros han reaparecido en su memoria, aunque una persona destaca por sobre todas: Estefanía. Guarnieri sonríe, pues pese a que su decisión de renunciar a la oficina le ha generado carencias económicas propias de quien decide abandonar el sino de una vida tradicional de asalariado, se siente a gusto entre esas imágenes de un pasado no tan lejano. Para graficarlo claramente, en este instante Guarnieri solo es dueño de una pluma fuente que encontró en un escritorio y, por cierto, de esa sonrisa que se dibuja de oreja a oreja.

Ahora está en el pequeño departamento que arrienda; pequeñísimo, pero suficiente para él. Por favor, cierra los ojos e imagínalo ahí. Está sentado. Ha puesto música de fondo. Le gusta mucho Soda Stereo.

—Canción animal, canción animal…—, canta in crescendo —. No me sirven las palabras… —Concluyentemente, cantante no es.

Por favor, mantén los ojos cerrados y obsérvalo desde ahí. Fíjate, al mismo tiempo que Guarnieri canta con entusiasmo, sostiene un lápiz, el mismo que encontró en su escritorio. ¿Lo imaginas, cierto? Pues bien, el problema es que la letra acaba y nada aparece en su cabeza, solo la letra de la canción de Cerati atrapada en un loop infinito. Entonces, Eugenio decide apagar las bocinas, pues definitivamente necesita silencio: tras todos estos días finalmente ha entendido que no puede escribir con la música de fondo. No es de aquellos.

El departamento ahora parece gigante, mientras él decide desafiar una vez más el papel. Nadie dijo que esto sería fácil. Tranquilo, Eugenio, escribir no lo es. No olvides que la pluma es la herramienta, sí, pero el arte debe nacer desde ti, desde tus lecturas, las que tal como me consta no han sido pocas. ¡Ja! Estoy escribiendo acerca de ti. ¿Cómo no saberlo? Respira, Eugenio, respira.

¡Oh!, míralo, ha levantado su cabeza. ¡Ya tiene una idea! Sí, la tiene, pues su mano comienza a moverse sobre el papel. Me atrevería a apostar que Gustavo escribirá algo acerca del amor, de la muerte o de algún viaje, o de las tres: le encanta Quiroga. Como sea, yo espero sorprenderme, ya que de repente lo veo muy animado, tanto que el departamento ha vuelto a cambiar de tamaño, e incluso se ha iluminado un poco. Lo de las bocinas ha sido un acierto.

Por favor, cierra nuevamente los ojos e imagina que avanzamos en el tiempo, pues horas después, lo habrá terminado. ¿Ya lo ves?

¡Ja! He acertado a la primera. Ha sido un poema de amor; también pudo haber sido de odio, pero es de amor. Ya habrá tiempo para la muerte y el viaje. Estefanía apareció otra vez en su memoria y ya no hubo forma de cambiar de tema. Estoy seguro.

Cierra los ojos por favor e imagínalo un par de segundos. Ha levantado el papel. Se ha puesto de pie. Ha comenzado a leer… ¿Su voz? Piénsala como propia, pues las palabras ya fueron escritas. Sí, eso es, mejor siéntelas, porque surgen de alguien libre, que con el tiempo lo será aún más. Indiscutiblemente el poema de hoy será de amor. Abre bien los ojos y lee conmigo:

La noche se ha hecho gigante
a esta hora
Mientras te escribo
te escribo
entre pequeñas mariposas blancas
que desdibujan la sombría realidad
Al fin la lluvia ha dado un respiro
permitiéndome recordar
Recordar
esa noche inmensa en que decidimos
decidimos
no hablar más
Mas se nos ha quedado un beso
un simple beso
que algún día volveremos a cobrar
Cuando al fin escape de este invierno
Cuando al fin ya no llueva más

Guarnieri ha sonreído. Yo estoy contento de haber escrito acerca de él.

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