PAPELEO©

“La iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza.”
Gilbert Keith Chesterton

¡Ay, Juanito! ¡Me chingué! Así de simple, sobrino. Quizás debí tomarme más en serio eso de que fuimos hechos a “imagen y semejanza”; pero… ¡QUÉ PEDO! Cómo iba a saber yo que se referían a “mamadas” como las pinches filas del IMSS, del SAT, del CFE y de todos esos dísquese estamentos públicos. ¡ME ENCABRONA, JUANITO! Y me encabrona más el darme cuenta de que, tal vez, debí anticipar que, de alguna parte, algún bendito “hijo de la chingada” ―o hija ― se inspiró para decir con toda la solemnidad del puto mundo: “Esta es la mejor forma de organizar la res pública”. En efecto, si tú crees que darse una vuelta por alguno de esos edificios es una puta molestia, te advierto que todavía no te has muerto. ¡CHINGADO INFIERNO EN EL QUE ESTOY! Sí, Juanito, realmente no te imaginas la cara de pendejo que coloqué cuando San Pedro, el mismísimo güero del que hablaba el padre Francisco, me pidió una carpeta con todos mis papeles al día. ¡MIS PAPELES, JUANITO! ¡Chíngate esta!: acta de bautizo, acta de primera comunión, acta de matrimonio, civil y eclesiástica, acta de defunción, etcétera. Dios me perdone, pero ante tal solicitud, “no mames, güey” fue lo único que se me ocurrió exclamar frente a esa majestuosa barba que, en ese momento, se me hizo tan insorteable como una ventanilla dentro de cualquier edificio que diga “Gobierno de México”.

¡Ay, Juanito! Reconozco que entonces, en medio de mi obvia desesperación, dije algunas “malas palabras”; pero… ¡POR LA CHINGADA! Tú bien sabes que siempre he hablado así: como la mismísima chingada. Así que, sin pensarlo, “No mames, güey” fue lo primero que salió de mi boca y, para peor, rematé con un “San Pedrito, no sea culero”. Y nada más, mijo, qué más podría decirte: ante esos ojos de iracunda santidad solo se me ocurrió revisar mis inexistentes bolsillos, aun sabiendo que nunca le di importancia a esas “mamadas” en vida. “¿Para qué necesito un acta de bautizo o cualquier otra pendejada?”, me decía, seguro de que solo era un pinche papel y nada más. Sí, Juanito, “para qué chingados necesito la firma de un cura”, pensaba y, como ves, me equivoqué: resulta que por burro hasta en pecado caí, porque de haber tenido todos esos papeles al día, más de algún errorcillo en vida se me hubiera perdonado y, por ende, no estaría en este puto Infierno. Como sea, todavía hice un último amago, muy ridículamente, por cierto, al decir que mis documentos los había olvidado en algún lado; cuestión que solo logró enfurecer aun más a un ya de por sí alterado San Pedro, quien, sin mediar otra palabra conmigo, sacó de su manga, como quien convierte el agua en vino, un numerito, con el que me envió directo a la fila del fondo, una fila interminable, donde aún estoy, junto a todos aquellos ―y todas ― que nunca hicieron un pinche trámite y que, en consecuencia, deben esperar para la revisión de sus casos: ya sabes, Juanito, a “imagen y semejanza”.

¡Ay, sobrino mío! No es que me dé hueva decirte mi número, es solo que no tengo ni pinche idea de cómo leerlo, pues al lado de este, mis cuarenta y cinco años en la Tierra no fueron nada. ¡Ay, Juanito!, si tan solo hubiera mirado a ambos lados antes de cruzar la puta López Mateos. En fin, lo que sí te diré, y espero que me escuches atentamente, aunque sea entre tus adorables pesadillas católicas apostólicas romanas, es que es un número tan grande que me da chance de venir a avisarte, cada Día de muertos, que “a huevo” el Infierno existe. Por favor, mijo, siga rezando por mí; y de paso también por su abuela, quien, por Protestante, he ahí un dilema en este Cielo, está en esta misma fila, solo que unos miles de puestos delante de mí.

Fuente: https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/microcuentos/3937-papeleo.html