CUENTO AINARA©

El sitio Proyecto Patrimonio, dirigido por Luis Martínez, ha tenido la gentileza de publicar mi cuento Ainara©. Además, lo ha acompañado con una hermosa obra de Inti.

Puedes visitar la página en el siguiente enlace: http://letras.mysite.com/jbar150122.html

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!

SPOTIFY®

Puedes escuchar algunos audiocuentos, entrevistas y «otras yerbas» en Spotify®. También puedes ver aquí el historial del año 2021.

Como siempre, muchas gracias por tu apoyo.


¿DÓNDE CONSEGUIR MIS LIBROS?

Estoy muy agradecido con las casas editoriales que actualmente me representan por haber colocado mis libros en tantos lugares del mundo, ya sea presencial o virtualmente, e incluso más allá de Hispanoamérica. En consecuencia con ello, para iniciar positivamente el año, pongo a disposición el siguiente enlace, en el que encontrarán un listado de librerías, en línea o físicas, en que podrán encontrar mis obras. Obviamente, no están todas, pero hay muchas, ubicadas en países tan distantes entre sí como lo son Argentina de Corea y Chile de Japón. Muy agradecido con las amigas y amigos que le han dado una oportunidad a mis letras.

¡Espero que el 2022 sea un muy buen año!

¡FELICES FIESTAS!

Quiero desearle a todas las personas que, de uno u otro modo, están, han estado, e incluso que estarán en mi vida, unas muy felices fiestas. Pese a la pandemia, este 2021 tengo mucho que agradecer, así que, en principio, ahí va mi aprecio para cada persona que lea esto. Aprecio y cariño que comparto con aun más intensidad cuando se trata de mi familia: Sinaí, Esteban, Pablo, Agustina, mamá, papá, abuelo, abuela, tíos, tías, primos, primas… O de mis amigas y amigos, que siempre han estado.

También va mi agradecimiento y buenos deseos para quienes han adquirido mis libros y se han dado el trabajo de escribirme y dedicarme muy bonitas palabras durante todo el año. Sin lectoras, sin lectores, no hay escritor. Un abrazo apretado hasta cada país en que he estado presente a través de mi literatura.

¡FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO!

PREMIACIÓN FESTIVAL RAÍCES, CURACAUTÍN, CHILE

Tuve el honor de participar como jurado del certamen literario que se desarrolla dentro del contexto del Festival Raíces en Curacautín, Chile, junto a Valentina Montenegro Urbano y Rayén Marías Ingles Hueche. Muchas gracias por invitarme a ser parte a la agrupación Los amigos del libro y la cultura.


ENTREVISTA A LA ESCRITORA MEXICANA LEYDA MARISCAL

Felicidades a mi amada escritora Leyda Mariscal, quien ayer fue entrevistada desde Miami, Estados Unidos, por Ismael Lorenzo, escritor, educador y director de CREATIVIDAD INTERNACIONAL — Programas radiales.

A LA VENTA EN CHILE: EL LADO OSCURO DE LA SOMBRA Y OTROS LADRIDOS®

José Baroja ha llenado estas páginas de personajes entrañables, anécdotas muy citadinas y, aunque de forma tangencial, de las lecturas que le han marcado como escritor. El autor chileno hace préstamos de otros géneros, con indudables imágenes poéticas y descripciones cinematográficas, para transportar al lector a estas calles que pueden ser las de cualquier ciudad, llenas de perros callejeros retóricos, afables y con más empatía que aquellos personajes que los miran con desdén.

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RECONOCIMIENTO DE EDITORIAL HISPANA US® 

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MIS LIBROS EN AMAZON®

No fue un catorce de febrero y otros cuentos (TerraIgnota Ediciones: Barcelona, 2021)


El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Ediquid: Lima, 2020)

PRESENTACIÓN «ADÁN (SIN EVA)»®

Un éxito fue la presentación del libro ADÁN (SIN EVA)® de la escritora Monserrat Varela, evento realizado en el Museo del Estanquillo, en Ciudad de México. Junto con Luis Javier Mariscal González, CEO y director general de Audacia Creaciones, tuve el honor de dedicarle algunas palabras a la autora, en mi calidad de escritor y editor de Audacia Editorial®, casa literaria que también tengo el orgullo de dirigir. ¡MUCHAS FELICIDADES A ESTA TALENTOSA Y NOVEL ESCRITORA MEXICANA!

Fotografías: Leyda Mariscal

VISITA A CIUDAD DE MÉXICO

El 20 de noviembre, junto a Luis Javier Mariscal González, CEO y director general de Audacia Creaciones, estaré presentando el libro Adán (sin Eva) de la escritora mexicana Montserrat Varela, una de las destacadas participantes de la ya célebre antología Nuevas letras atenagóricas de nuestro México. Será a las 13 horas en el Museo del Estanquillo, en Ciudad de México. La entrada es liberada.

A LA VENTA EN MÉXICO: EL LADO OSCURO DE LA SOMBRA Y OTROS LADRIDOS®

José Baroja ha llenado estas páginas de personajes entrañables, anécdotas muy citadinas y, aunque de forma tangencial, de las lecturas que le han marcado como escritor. El autor chileno hace préstamos de otros géneros, con indudables imágenes poéticas y descripciones cinematográficas, para transportar al lector a estas calles que pueden ser las de cualquier ciudad, llenas de perros callejeros retóricos, afables y con más empatía que aquellos personajes que los miran con desdén.

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MIS LIBROS EN GONVILL LIBRERÍAS®

ADQUIERE EN MÉXICO El curioso caso de la sombra que murió como un recuerdo y otros cuentos® (Barcelona, 2018), El lado oscuro de la sombra y otros ladridos® (Lima, 2020) y No fue un catorce de febrero y otros cuentos® (Barcelona, 2021), disponibles en el sitio web de Gonvill Librerías, en México.

Puedes checar mis obras en el siguiente enlace: Gonvill Librerías.

Disponibles también en toda España y gran parte de Latinoamérica. Puedes consultar aquí.

ENTREVISTA DESDE MIAMI

Ismael Lorenzo, escritor, educador y director de Creatividad Internacional, me ha entrevistado para su programa de radio, desde Miami, Estados Unidos, a propósito de mis últimos libros y de otros proyectos.



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A LA VENTA EN MÉXICO: NO FUE UN CATORCE DE FEBRERO Y OTROS CUENTOS®

«Un recuerdo apareció entre lágrimas. Una memoria de una mañana de primavera, en la que se descubrió exponiendo acerca de libros de siglos pasados con la intención de que por sus palabras alguno de sus estudiantes se motivara a leer más en una época poco conocedora del papel.», escribe José Baroja en una de las páginas de este libro de relatos, un libro honesto, equilibrado en su arte gracias a una técnica bien cuidada, una ironía sutil y una emocionalidad que emerge naturalmente desde el alma de sus variopintos personajes.

No fue un catorce de febrero y otros cuentos nace de la trayectoria de un escritor que bebe de las mejores fuentes del cuento latinoamericano para escribirnos acerca de seres melancólicos descubriendo lo fantástico en medio de una pesada cotidianidad, revelación que, dicho sea de paso, solo confirmará una tesis fundamental: el sin sentido de la existencia es real. Con Baroja, acaso los niños y los animales sean los únicos héroes posibles.

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A LA VENTA: NO FUE UN CATORCE DE FEBRERO Y OTROS CUENTOS®

«Un recuerdo apareció entre lágrimas. Una memoria de una mañana de primavera, en la que se descubrió exponiendo acerca de libros de siglos pasados con la intención de que por sus palabras alguno de sus estudiantes se motivara a leer más en una época poco conocedora del papel.», escribe José Baroja en una de las páginas de este libro de relatos, un libro honesto, equilibrado en su arte gracias a una técnica bien cuidada, una ironía sutil y una emocionalidad que emerge naturalmente desde el alma de sus variopintos personajes.

No fue un catorce de febrero y otros cuentos nace de la trayectoria de un escritor que bebe de las mejores fuentes del cuento latinoamericano para escribirnos acerca de seres melancólicos descubriendo lo fantástico en medio de una pesada cotidianidad, revelación que, dicho sea de paso, solo confirmará una tesis fundamental: el sin sentido de la existencia es real. Con Baroja, acaso los niños y los animales sean los únicos héroes posibles.

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Concurso de Microcuentos del LPC en 100 palabras

Hoy tuve el gusto y el honor de participar como jurado en el concurso de microcuentos en 100 palabras del Liceo Politécnico de Curicó, en Chile, junto a Elizabeth Escobar, Rodrigo Castro y Juan Jofré. Muchísimas gracias a los integrantes del jurado: fue una jornada sumamente llenadora. Muchas gracias también a la profesora Scarleth Muñoz Morales, quien tuvo la gentileza de invitarme.



No olvides darte una vuelta por mi portafolio en YouTube.

Si buscas alguno de mis libros, también puedes consultar aquí. Será, para mí, un honor que me leas.

¡FELIZ DÍA DE MUERTOS!

Un día perfecto.

En las fotos junto a mi esposa, la escritora Leyda Mariscal, y mi amigo y socio Luis Javier Mariscal.


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CUENTO: HISTORIA DE DOS HOMBRES QUE SE EXTRAVIARON EN EL OLVIDO®

Tratar de olvidar a alguien es querer recordarlo para siempre.
Anónimo

Allí lo veo, solo, en medio de la carretera, cuestionándose, severamente, por cada pequeño y gran paso que ha logrado dar. Allí está, preguntándose con insistencia de loco qué demonios hace en ese lugar, cómo mierda llegó allí. El silencio se ha vuelto omnipresente y en apariencia infinito desde hace muchos kilómetros, incluso desde antes de lo que su mente alcanza a recordar. Mas no hay respuestas a su padecer, no hay una palabra en su memoria, parece haber sido, literalmente, arrojado a ese vacío. Vacío, donde el silencio, sí, el silencio resulta ahora en algo tan absoluto que lo único que logra escuchar, lo único que consigue percibir, ya consciente de su horrible y cierta soledad —ignorante de mí— es su propio respirar. Está agitado; está sumamente agitado. Allí, solo y sin respuestas.

No tiene certeza de cuánto tiempo lleva caminando en la misma dirección, de cuánto tiempo lleva sin escuchar algo, ni siquiera tiene claro desde dónde ha iniciado su caminar. Pero sí ha podido concluir que es bastante lo que ha andado, pues sus piernas duelen y su cansancio no puede ser gratuito. Sabe que, a ratos, ha debido apurar el paso ante el desesperante presentimiento de que, más allá, encontrará algo. Sabe que no puede detenerse o, al menos, tiene la intuición de que no puede perder la esperanza de encontrar algo, no ahí. Yo, simplemente, lo observo. Te comunico sus acciones, te cuento sobre él, te hago parte de su sufrimiento. Desde acá, presencio su devenir; desde acá, desde la comodidad de mi departamento 421, te narro el cómo este hombre camina escuchando su propia respiración, como si con ese peculiar acto quisiera marcar su paso.

Arbitrariamente, ha decidido detenerse; incluso desafiando de modo inconsciente mi voluntad. Ha sido forzado, en parte, por el cansancio, en parte por el misterio de esa soledad invasiva y completa, solo para mirar y escuchar algo hacia todos los horizontes posibles. Casi he creído que me buscaba en un digno intento por no perder la esperanza de que, efectivamente, más allá, encuentre a alguien. Aunque, quizás, solo lo ha hecho para descansar. La verdad es que no podría juzgarlo por ello, después de todo, ha caminado mucho. Pero, no, parece que sí busca algo. Ya no lo sé. Tal vez, intenta encontrar una referencia, un salvavidas o, al menos, algún sonido que le haga pensar en que hay algún tipo de vida por esos lados.

Yo, de inmediato, he decidido escribir con más cuidado. No puedo permitir que me descubra. No, mientras observa, no mientras atiende con tanto detalle a sus sentidos. Noto cómo ya ha comprobado que se encuentra en una carretera extraña, en una carretera de apariencia infinita o en algo así, digno de un cuento fantástico de un Borges o un Cortázar. Ni el paisaje ni el suelo ni el cielo han cambiado mucho pese a su persistente andar, por cierto, ya evidente por el tiritar de sus piernas.

Piensa. Acto seguido, vuelve a preguntarse, a cuestionarse, igual como lo hiciera al principio de este relato, pues debe hacerlo si quiere sobrevivir. Cómo llegó hasta allí, no pudo haberlo hecho intencionadamente; de ningún modo. ¿Quién lo haría? ¿Quién en su sano juicio viajaría hacia el centro de una pesadilla? Indudablemente, no sabe de mí. No sabe de mi interés creativo. No tiene idea de lo que pasa en este departamento desde que ella se fue.

El silencio lo abruma. La ausencia de vida lo perturba. El calor lo sofoca. Me he asegurado de que así sea; pero, nuevamente, se las arregla para sorprenderme. Ha alzado su vista, no una, sino diez veces, como queriendo convertir sus ojos en dos enormes catalejos, como si cada intento lo acercara más a descubrir lo que no hay, lo que nunca sabrá que existe. Involuntariamente, ha colocado su mano sobre su frente con la ilusión de que así podrá ver con mayor claridad, incluso más lejos de lo humanamente posible; quizás, más allá de la misma ficción que yo he creado para él.

Sin embargo, no. No ha encontrado nada que lo tranquilice, pues nada ha visto, puesto que yo nada he escrito. Nada. No divisa un cuerpo, un espíritu o un alma en kilómetros y kilómetros hasta donde sus sentidos alcanzan. No descubre a nadie a quien pedirle un aventón, un generoso y desinteresado aventón; aunque, sinceramente, él nunca llevaría a nadie que se encontrara en su situación. Está solo, realmente solo, como nunca lo estuvo en su vida; como, irónicamente, a veces deseó estar.

Por un momento reflexiona: no quiere seguir caminando sin evaluar primero la situación. Me complica, puesto que la acción es central en cualquier cuento. Aunque, debo reconocer que también me halaga que mi personaje sea un hombre racional y prudente, incluso que así lo crea él mismo en un intento loable de dominar la extraña situación; de dominarme a mí. Tras un instante, cree descubrir que está en algún lugar del norte del país o eso le parece. Yo sonrío. Ha observado en el paisaje algunas señales que delatan esa posibilidad; se dice a sí mismo que, seguramente, se trata del Desierto de Atacama. Sí, lo seco, la ausencia de verde o de agua, la revelación de una belleza que tiene más en común con la luna que con algún espacio en el que él antes estuviera parece darle la razón. Es inteligente.

No obstante, de inmediato surge otra vez esa pregunta que ya desde hace un rato teme hacer: cómo mierda llegó hasta allí. No lo recuerda. Intenta hacerlo, pero no se lo permito. Y aun así, quiere autónomamente unir un par de ideas sueltas similares a esos recuerdos lastimosos que todos acumulamos en vida. Yo veo cómo lo hace. Y transcribo su fracaso. Nada, no ha podido recordar nada; por lo menos, nada reciente. Nada que pueda significar alguna pista sobre el qué hace ahí o descubrirme a mí. Momento, he sentido un escalofrío.

Respiro. Me tranquiliza su ignorancia. Imagínense si yo resultara ser una creación de él y no al revés, cómo podría lidiar con ello ahora que me siento solo en esta ciudad, ahora que me siento capaz de escribir. Lo observo nuevamente, no puedo desconcentrarme ahora. Recupero la atención sobre mi personaje, que ahí está, solo, abandonado a su suerte, sobre una carretera que, a cada minuto, le parece más ancha de lo que objetivamente es, de lo que objetivamente yo imaginé.

Se decide a caminar nuevamente, no hay de otra. Yo, generosamente, lo dejo decidir, pues estoy expectante de descubrir hacia dónde me llevarán sus elecciones. Ciertamente, sabe que no ganará nada quedándose quieto en ese lugar dominado por el silencio y por el sol. El sol, estrella a la que en otro tiempo disfrutara echado en una playa, pero que ahora parece la más demoníaca de las apariciones, la más terrible de las compañeras. Caminar es lo único que le queda. Ello, aun cuando no ha encontrado ningún punto a lo lejos que le permita orientarse o ninguna respuesta a su pregunta principal. Razones suficientes, creo yo, para permitirle continuar en la misma dirección que lleva hace horas.

Me complazco a ratos de mi sádica ambientación. Empero no se rinde, aun cuando, por más que busca a lo lejos, no encuentra ninguna ayuda que le permita descansar, que le permita pensar que algún ser humano se apiadará de él. Yo no he creado a nadie más en este cuento, por lo que nadie más aparecerá. De hecho, el horizonte le parece infinito, mientras el asfalto comienza a sentirse cada vez más caliente, hasta el punto de que las suelas de sus zapatos han comenzado a derretirse. ¿Zapatos? Sí, viste un atuendo absurdo para el contexto en que ahora se encuentra; alguien podría decir que viste de matrimonio o de funeral. Dentro de un contexto, por cierto, similar a una carretera recién inaugurada: la ausencia de vehículos, la limpieza del camino, pese a estar en pleno desierto, las líneas bien marcadas, el suelo oscuro y limpio contrastando con un paisaje brillante y arenoso. ¿Será el primero en recorrerla? La sola pregunta lo estremece.

Repentinamente, un recuerdo surge. Yo comienzo a preocuparme sobre mi poder restrictivo en esta narración. Hace solo una semana, él estaba en Santiago quejándose sobre la poca tranquilidad que implicaba trasladarse dentro de la gran ciudad. Es curioso, pero recuerda la misma sensación de soledad que percibe ahora; es curioso, porque yo también la percibo en Talca. Ha sonreído orgulloso de recordar algo en medio de esa pesadilla que yo he creado. Sin embargo, la sonrisa solo le ha durado un instante. Yo también he empezado a sentir el calor bajo mis pies.

Hace una semana, veía vehículos por doquier. Inclusive maldecía el exceso de autos en la ciudad. Quería estar solo, pues ese era el centro de su mundo. «¿Alguien regulará la cantidad de autos, camionetas, microbuses que se requieren para hacer viable la vida?», pensaba. Parece que no. Sin embargo, qué no daría ahora por ver un miserable vehículo acercarse en el horizonte, incluso si no lo llevara. Observo un mínimo temblor en su cara; noto cómo el silencio lo perturba provocándole una evidente confusión.

Me compadezco de nosotros…, de él, debido a que observo al sol golpeando sin clemencia sobre su cabeza. Extrañamente, también percibo el calor sobre mí, al mismo tiempo que mis pies comienzan a quemarse como si me hubieran imaginado en una carretera sin fin. Aun así, mi protagonista decide continuar su peregrinaje; mientras parece olvidar, a cada paso, lo inapropiado de su atuendo para el lugar en que se encuentra. Más importante que su vestimenta, sigue siendo el cómo llegó hasta allí. Entonces, decido no dejarlo solo. Elijo acompañarlo hasta el final de su relato.

Se detiene. Nuevamente no me ha avisado. «¡Sus documentos!», grita al vacío en una especie de epifanía. Tal vez en ellos encuentre una respuesta. Lamentablemente, con la misma vehemencia descubre que los ha extraviado. ¿Su billetera se habrá caído? ¿Se la habrán robado? Cómo saberlo si ni siquiera tiene idea de cómo llegó allí, si ni siquiera me conoce, si no sabe de mi existencia; aunque debo aclarar, querido lector, que yo jamás me acerqué a sus bolsillos. Sin duda, sus documentos lo hubieran tranquilizado como lo hicieron conmigo en más de una ocasión cuando, en medio de engorrosos trámites, estuve a un paso de olvidar mi nombre; también pasó cuando me quedé solo. Él ha sentido la urgencia para sentirse alguien dentro de este relato, pues la soledad comienza a borrarlo poco a poco.

El paisaje persiste inalterable. La vida sigue brillando por su ausencia. Él espera encontrarse aunque sea con una miserable lagartija haciendo ejercicio sobre una roca, mas solo divisa a lo lejos ese agónico espejismo de agua que cada vez que hay un sol castigador tienta al desafortunado. La calle está caliente, la arena a los costados más. Las decisiones para lo que viene no son fáciles, pues ni siquiera tiene con qué cubrirse. Es el norte, tiene que ser el norte. Recuerda sus documentos. Recuerda que no sabe cómo llegó allí. Recuerda un viaje, recuerda un golpe, recuerda algo extraño.

Recuerda. Valdivia, ciudad del Sur de Chile. ¿Había sido un sueño? Todo verde, todo limpio. Hermosa ciudad. El contraste evidente con su ahora. La única vez que estuvo acompañado por una mujer a la que prometió amar. Recuerda un puente, la historia de unos cisnes que se suicidarían al momento de perder a su pareja. Rememora un beso en ese lugar. Aún conservo la foto. Muchas sonrisas cómplices. Innumerables promesas, pero no recuerda su nombre. ¡Su nombre! ¿Acaso el sol ha atrofiado su memoria? ¿Acaso cada paso de los muchos que ha dado significan una persona menos en su vida?

De súbito, recuerda muchos viajes: a Talca, a Curicó, a Chillán, a Concepción, a Angol, a La Serena… Sí, también fueron allí, cuando aún creía en Dios, pues aun creía en amar a alguien. Y su nombre. No lo sabe. ¡No lo sabe! ¿Cómo demonios llegó allí? La desesperación lo atrapa. No tiene una respuesta. Pero hay una, siempre hay una, aun cuando la soledad la ha escondido en medio del inevitable olvido.

El sudor, el cansancio, el sol, ya no importan. No la recuerda, pero horriblemente se ha dado cuenta de que tampoco recuerda su propio nombre. No lo recordamos. Necesita con urgencia un espejo para ver su rostro. Yo necesito terminar este relato para correr al baño a mirar el mío. ¿Debo seguir escribiendo o debo detenerme? Él decide no caminar más. Por un instante ha pensado en los cisnes de cuello negro, esos que no pueden vivir sin ella. Por un momento ha recordado un departamento 421 y un balcón.

Hemos recorrido kilómetros sobre el asfalto. Nuestros pies están heridos, quemados. Hemos decidido no seguir. Nos hemos recostado en el suelo. Yo he decidido terminar este cuento, con el objetivo de que él pueda descansar. Lamentablemente para él, no es posible morir dos veces.

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/comentarios-de-libros/3667-el-escritor-jose-baroja-ha-enviado-el-siguiente-cuento-publicado-en-la-antologia-no-fue-un-catorce-de-febrero-y-otros-cuentos-terra-ignota-ediciones-barcelona-2020.html

A LA VENTA: EL LADO OSCURO DE LA SOMBRA Y OTROS LADRIDOS®

José Baroja ha llenado estas páginas de personajes entrañables, anécdotas muy citadinas y, aunque de forma tangencial, de las lecturas que le han marcado como escritor. El autor chileno hace préstamos de otros géneros, con indudables imágenes poéticas y descripciones cinematográficas, para transportar al lector a estas calles que pueden ser las de cualquier ciudad, llenas de perros callejeros retóricos, afables y con más empatía que aquellos personajes que los miran con desdén.

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MUESTRARIO JALISCO 2021®

El Muestrario Nacional 2021, auspiciado por Editorial Ave Azul, busca rendir un homenaje a la literatura moderna de autores contemporáneos, donde escritores y escritoras de todo México se dan reunión bajo el mismo proyecto.

Este trabajo se realiza en conjunto con Maya Cartonera, y con la escritora Chepy Salinas Domínguez, a quien agradezco.

En el Muestrario Jalisco 2021®, además de compartir espacio con otros autores, tengo el orgullo de haber sido seleccionado junto a mi esposa, la escritora mexicana Leyda Mariscal.

Aquí pueden descargar gratuitamente la versión digital de este libro en PDF y EPUB. Este será presentado el jueves 21 de octubre.


A LA VENTA EN URUGUAY

Ya pueden adquirir «No fue un catorce de febrero y otros cuentos» (TerraIgnota Ediciones: Barcelona, 2021) en Uruguay a través de Mercadolibrosuy. Para otras locaciones visita la sección «¿Dónde conseguir mis libros?».

CUENTO: GUARNIERI®

«Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de un sueño.»
Edgar Allan Poe


Buenas noches, buenos días… ¿o será buenas tardes? Sea cual sea la hora, te invito a imaginar a Eugenio. Ya sé que no lo conoces, pero creo que para comenzar esta historia bastará con decir que este «Eugenio Guarnieri» es el seudónimo de un todavía desconocido escritor. La verdad es que Eugenio ha redescubierto hace poco su vocación, por lo que aun cuando escribe y escribe, en este momento, en este preciso momento, aún no ha publicado algo digno de recordarse ni lo hará por muchos años más. De todas formas, lo importante en esta historia es que Guarnieri está segurísimo de haber redescubierto su vocación, y, más importante aún, esta vez se ha atrevido a asumirla. De hecho, Eugenio, hace pocos días, renunció a su confiable trabajo de oficina, pues mágicamente recordó, como si su vida fuera parte de una novela o de un cuento, quién era él, y con ello, las ganas de leer y escribir.

«¿Cómo es?», me preguntas. ¿Te refieres a sus rasgos físicos? Si es así, los dejaré a tu criterio. Es más, puedes imaginarlo como gustes, ya que no creo que sea necesario entrar en esos detalles, pues ya sabes que Eugenio Guarnieri es un escritor de vocación y que… bueno, desde que renunció a su trabajo, hace pocos días, así se presenta a quien le pregunte. Ya sé, imagínalo a partir de tu propia idea de cómo debe verse un escritor, solo considera que Eugenio es el protagonista de este relato, y de algún otro que ande perdido por ahí, puesto que se ha atrevido a ir contra la corriente, más preocupada de acumular bienes que de pensar en el prójimo, mucho menos en los libros, que son como infinitas vidas resguardadas sobre el papel. ¿Lo imaginaste? ¿Ya tienes más o menos una idea? Ahora sí. Ya podemos continuar.

Buenas tardes, buenos días… ¿o será buenas noches? Para Eugenio Guarnieri ya es de noche. Es la quinta noche desde que comprara ese cuaderno que ahora descansa frente a él; por supuesto, el más barato que encontró, puesto que su nuevo statu quo no le da para lujos. No obstante, bien podríamos afirmar que Eugenio ha despertado de una pesadilla que lo llevó a dejar atrás a mucha gente que verdaderamente lo quería, incluso a sí mismo, por ser parte de una absurda ruta de vida catalogada, por casi todos, como «normal». Afortunadamente esos rostros han reaparecido en su memoria, aunque una persona destaca por sobre todas: Estefanía. Guarnieri sonríe, pues pese a que su decisión de renunciar a la oficina le ha generado carencias económicas propias de quien decide abandonar el sino de una vida tradicional de asalariado, se siente a gusto entre esas imágenes de un pasado no tan lejano. Para graficarlo claramente, en este instante Guarnieri solo es dueño de una pluma fuente que encontró en un escritorio y, por cierto, de esa sonrisa que se dibuja de oreja a oreja.

Ahora está en el pequeño departamento que arrienda; pequeñísimo, pero suficiente para él. Por favor, cierra los ojos e imagínalo ahí. Está sentado. Ha puesto música de fondo. Le gusta mucho Soda Stereo.

—Canción animal, canción animal…—, canta in crescendo —. No me sirven las palabras… —Concluyentemente, cantante no es.

Por favor, mantén los ojos cerrados y obsérvalo desde ahí. Fíjate, al mismo tiempo que Guarnieri canta con entusiasmo, sostiene un lápiz, el mismo que encontró en su escritorio. ¿Lo imaginas, cierto? Pues bien, el problema es que la letra acaba y nada aparece en su cabeza, solo la letra de la canción de Cerati atrapada en un loop infinito. Entonces, Eugenio decide apagar las bocinas, pues definitivamente necesita silencio: tras todos estos días finalmente ha entendido que no puede escribir con la música de fondo. No es de aquellos.

El departamento ahora parece gigante, mientras él decide desafiar una vez más el papel. Nadie dijo que esto sería fácil. Tranquilo, Eugenio, escribir no lo es. No olvides que la pluma es la herramienta, sí, pero el arte debe nacer desde ti, desde tus lecturas, las que tal como me consta no han sido pocas. ¡Ja! Estoy escribiendo acerca de ti. ¿Cómo no saberlo? Respira, Eugenio, respira.

¡Oh!, míralo, ha levantado su cabeza. ¡Ya tiene una idea! Sí, la tiene, pues su mano comienza a moverse sobre el papel. Me atrevería a apostar que Gustavo escribirá algo acerca del amor, de la muerte o de algún viaje, o de las tres: le encanta Quiroga. Como sea, yo espero sorprenderme, ya que de repente lo veo muy animado, tanto que el departamento ha vuelto a cambiar de tamaño, e incluso se ha iluminado un poco. Lo de las bocinas ha sido un acierto.

Por favor, cierra nuevamente los ojos e imagina que avanzamos en el tiempo, pues horas después, lo habrá terminado. ¿Ya lo ves?

¡Ja! He acertado a la primera. Ha sido un poema de amor; también pudo haber sido de odio, pero es de amor. Ya habrá tiempo para la muerte y el viaje. Estefanía apareció otra vez en su memoria y ya no hubo forma de cambiar de tema. Estoy seguro.

Cierra los ojos por favor e imagínalo un par de segundos. Ha levantado el papel. Se ha puesto de pie. Ha comenzado a leer… ¿Su voz? Piénsala como propia, pues las palabras ya fueron escritas. Sí, eso es, mejor siéntelas, porque surgen de alguien libre, que con el tiempo lo será aún más. Indiscutiblemente el poema de hoy será de amor. Abre bien los ojos y lee conmigo:

La noche se ha hecho gigante
a esta hora
Mientras te escribo
te escribo
entre pequeñas mariposas blancas
que desdibujan la sombría realidad
Al fin la lluvia ha dado un respiro
permitiéndome recordar
Recordar
esa noche inmensa en que decidimos
decidimos
no hablar más
Mas se nos ha quedado un beso
un simple beso
que algún día volveremos a cobrar
Cuando al fin escape de este invierno
Cuando al fin ya no llueva más

Guarnieri ha sonreído. Yo estoy contento de haber escrito acerca de él.

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ENTREVISTA DESDE PERÚ

Por Dayana Villa

Fuente: Grupo Ígneo

José Baroja es un narrador chileno radicado en México. Recientemente ha publicado su libro de cuentos El lado oscuro de la sombra y otros ladridos (Ediquid, 2020). Descubre acá algunas consideraciones sobre la escritura que tiene el autor y cómo fue su proceso creativo.

¿Cómo fue el proceso creativo detrás de la escritura de estos cuentos? 

Extenuante, consecuentemente extenuante, aunque este sea un calificativo que aplica a todos los procesos creativos de mi producción literaria hasta la fecha. Extenuante y a ratos dramática, agregaría, pues como insaciable lector, que lo soy desde mucho antes que calificarme como escritor, me he convencido con los años de que la emergencia de las emociones, de los discursos, de los cuestionamientos, de las interpretaciones, de la «belleza» incluso, a partir de un poema, de un cuento, de una novela o de cualquier expresión humana catalogable como artística, radica específicamente en su técnica, en su «buen hacer», en su arte. Pensando un poco en lo que comentaba el gran Edgar Allan Poe, a propósito de su célebre The Raven, en un artículo titulado Método de composición, que ciertamente recomiendo.

Por eso, el desprenderse de un manuscrito siempre me ha resultado una tarea difícil, repleta de resquemores; resquemores porque tras cada visita que realizo a un texto, por fuerza del oficio, corro, con demasiada frecuencia, el riesgo de caer en medio de una calamitosa e imperativa corrección, en el deseo de algún cambio voraz y despiadado de la trama, en un «pero» que podría parecer un mero accidente de la gramática a ojos de cualquiera. Sin embargo, sé que esto no sería así frente a una autora o autor medianamente consciente de que lo que hace es arte. Así tengo un sinfín de motivos recurrentes que me permitirían describir el proceso, al menos en algún punto, como dramático.

Como decía, un proceso extenuante, pues, para mí, e insisto en esto, para mí, la imaginación, las experiencias, las interrogantes, la narrativa, las opiniones y la inspiración se subordinan obligatoriamente al trabajo consciente, racional y meticuloso, que, adecuadamente realizado, podría concluir en que mi obra se reconociera como una «bella» representación estética de la vida misma, «belleza» que en última instancia escapará del dominio privado para pertenecerle a alguien más.

Creo, sinceramente, que una obra literaria no debe ser un panfleto de lo que pienso, sino una posibilidad de pensar. Ciertamente el proceso creativo detrás de mis cuentos es agotador y responde a todo lo dicho, puesto que en mi opinión la inspiración solo constituye el impulso inicial de un deseo estético que irremediablemente me arrastrará a meses y meses escribiendo borradores, realizando correcciones, buscando dentro de mí soluciones o aceptando el camino que los mismos personajes suelen ofrecer, todo hasta que al final un libro imperfecto descubra la luz, pues no puede haber libro perfecto bajo este criterio.

Sí, en definitiva, extenuante, a ratos dramático, pero sumamente respetuoso con el arte de la escritura. En cierto modo, infinito, ese infinito borgeano, pues pienso que en rigor una obra nunca deja de escribirse.

¿Cómo surgió la idea de hacer de los perros el hilo conductor?

En la tradición literaria existen notables ejemplos de animales que, por virtud divina o de otro tipo, han adquirido el don de la palabra. Ahí tenemos, por ejemplo, El asno de oro de Apuleyo, El coloquio de los perros del siempre ingenioso Miguel de Cervantes, o bien, Soy un gato del japonés Soseki Natsume, obras todas que comparten en su narrativa la verborrea incontenible de animales que, a veces sin quererlo, terminan denunciando el cinismo e hipocresía de nosotros, orgullosos y racionales seres humanos.

Ellos denuncian sin maldad, solo guiados por el reclamo de aprovechar ese momento, ese instante misterioso en que les ha sido entregada la posibilidad de narrar o de ser protagonistas de sus propias historias. Obviamente detrás de esto hay una autora o autor que se ha dado cuenta de la ventaja que poseen estos seres cuando se trata de ver, escuchar o decir lo que nosotros comúnmente no deberíamos siquiera tocar, ventaja existencial de la que se valen para mostrarnos el mundo desde la perspectiva de la incómoda marginalidad, quizás más real y mayoritaria que aquello que nos vende el Capitalismo como normalidad.

Esta marginalidad, por cierto, poblada por parias, locos, vagabundos, prostitutas y otras existencias urbanas que funcionan como espejos del fingimiento del que socialmente somos parte y que se enraízan con una tradición literaria propiamente hispanoamericana, que incluye obras como El Lazarillo de Tormes, Hijo de ladrónLa lucha por la vidaMarianelaLa Celestina… Lo que a mí me importa aquí es destacar que, al fin y al cabo, esos seres, de una u otra tradición, solo dicen la verdad, a sabiendas de que en medio de la broma siempre habrá quien comprenda el chiste.

Ese sentido enérgicamente crítico, social y político que se desprende de esas estéticas llenas de ironía y crudeza, puesto que que no adhieren a más partido que la representación de la supervivencia, sumada a mis experiencias personales por las calles de Latinoamérica y a mis cada vez más agnósticas opiniones acerca del mundo en general, se constituyeron como origen infranqueable para la génesis de esta idea perruna.

En cierto modo, podría decirse que quise formar parte de esa grandes tradiciones literarias trasladándolas a mi visión particular de Latinoamérica, tal como ya lo hicieron grandes autores como Horacio Quiroga y Manuel Rojas. Consecuente con esto, elegí el perro como eje o protagonista de estas historias, pues no se me ocurre otro animal tan propio de lo que significa ser latinoamericano, el perro mestizo, por supuesto, el sobreviviente, el que se adapta a todo, el «resiliente». Después de todo, ¿quién conoce mejor las calles de nuestras ciudades sino el perro? Espero haber logrado transmitir esto.

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

En principio solo quería contar historias similares a las que había encontrado en los primeros libros que descubrí en la biblioteca de papá. De hecho, aún recuerdo que el primer libro que examiné con absoluta solemnidad fue la Biblia, donde, obviando las incansables genealogías, encontré todo lo que un aprendiz de narrador podría desear: amor, perdón, redención, fe, traición, sexo, muerte, vida, esperanza y un larguísimo etcétera.

Ciertamente una obra que no se correspondía con mi edad, aunque ya entonces la sospeché ficción y la disfruté como tal. Años después me enamoré, o, al menos, sentí que me había enamorado, del modo en que lo puede comprender alguien cuya experiencia romántica se limitaba, en aquel momento, a ficciones de todo tipo: TV, películas, libros, música o pornografía, no en vano acababa de ingresar a la secundaria.

Fue en esas fechas cuando mi madre me regaló Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer y, en consecuencia, fue en esas fechas cuando tuve entre mis manos el modelo preciso para redactar los más pomposos y cursis versos de amor que poeta alguno pudiera recitar. En términos de relación, eso nunca prosperó, pero sí comencé a descubrir a otras y otros autores, en busca de esas experiencias que yo aún no tenía: Charles Baudelaire, Víctor Hugo, María Luisa Bombal, Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Gabriela Mistral, Roberto Bolaño, Elena Garro, Carlos Fuentes, Homero, Sade, Shelley. Podría decirse que entre más leía, más crecía en mí la necesidad de escribir y, por ende, el deseo de ser leído y de convertirme en uno más de esa biblioteca habitada por autoras y autores de tanta generosidad que se habían dado el tiempo de compartir algo acerca de sus vidas conmigo.

Después no tuve excusas para no hacerlo. Como dije al principio, empecé a escribir ficción cuando tuve la necesidad de hacerlo. Aún la tengo: dudo que sea algo que pueda controlar.

¿Alguna anécdota a resaltar relacionada con el proceso creativo de El lado oscuro de la sombra y otros ladridos?    

El único cuento de esta antología que ya había sido publicado se titula Un hijo de perra. Más allá del cariño que le tengo a este, el cuento causó, en su momento, varias reacciones negativas entre personas que ni siquiera se dieron el trabajo de leerlo, lo cual para mí resultó sumamente satisfactorio, pues al usar esas palabras en particular buscaba, precisamente, evaluar los prejuicios y las reacciones que pudieran nacer a partir de estas, no en vano, en mi opinión, la literatura que no remece es solo mierda edulcorada.

Lo anterior no quita el hecho de que me llevé varias sorpresas por la incidencia y el alcance de reunir esas palabras en el título de un cuento que efectivamente trataba acerca de un hijo de perra. De hecho, este fue dedicado a mi perrito, fallecido meses antes de que yo siquiera pensara en el título de este relato.

¿Por qué elegir el cuento como método para narrar? ¿Es tu género favorito?

A mi entender, y más allá de las distintas definiciones acerca de este género literario o de las absurdas discrepancias académicas sobre su constitución o taxonomía, el cuento es ante todo un arte experiencial.

Su brevedad nos exige como autoras o autores el centrarnos en un efecto que irremediablemente derivará de su relación con el mundo y, por supuesto, de la relación de las y los lectores con este; asimismo su carácter crítico o no.

En tal sentido, considero una ventaja que las virtudes de tal o cual cuento puedan resultar manifiestas ya a los pocos minutos de iniciada su lectura, fuerza de una inevitable condensación estética que conectará o no con quienes lo lean, otorgándole, a este género, cierta honestidad narrativa.

En cambio, en la novela, este juicio definitorio podría prolongarse a veces de manera superflua o cansina, e incluso hacer sentir engañados a quienes le han dedicado su tiempo como si hubieran pagado en el cinema por una película que al final resultó ser un fiasco. En cierto modo, y en mi opinión, el cuentista llega al alma o no llega, es todo o nada, razón por la que se afirma, acertadamente, que el cuento es efectista al pretender remecer sin aspavientos innecesarios la psiquis de quienes se encuentran con este, cuestión que lejos de convertirlo en algo sencillo, le da un trasfondo complejo y cerebral, al menos en aquellos que aspiran a ser más que un mero divertimento.

Parafraseando a Cortázar, el cuento persigue el nocaut, no el triunfo por puntos, lo que implica en sí mismo un riesgo. En mis palabras, el cuento es un trago breve, pero capaz de sobresaltarte por horas, algo así como un caballito de tequila en medio de un juego al que voluntariamente nos hemos sumado. Además, su brevedad en los tiempos que corren resulta particularmente favorable, pues un buen cuento es capaz de extenderse más allá de las letras que componen la edición: Ficciones de Jorge Luis Borges aún ronda alrededor de mi cabeza. Todas estas razones me incitan a pensar el cuento como mi género preferido, no mi favorito.

¿Cuáles autores te han inspirado en la escritura? ¿Qué recomiendas leer?

Esta es una pregunta verdaderamente compleja, puesto que la cantidad de autoras y autores que inspiran el hacer literario es enorme, más cuando uno es un acólito de la lectura. Solo por nombrar algunos diré: Jorge Luis Borges, María Luisa Bombal, Manuel Rojas, Roberto Bolaño, Virginia Woolf, Óscar Wilde, Miguel de Cervantes, Edgar Allan Poe.

¿Qué recomendaría leer? Para responder esto prefiero citar las palabras de Jorge Luis Borges: «Si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad». Déjense sorprender por la literatura.

¿Cuáles son las recomendaciones o consejos que le darías a alguien que también quiere escribir?

«Escribir palabras sobre un papel es fácil, hacer arte no lo es», si alguien quiere dedicarse a la literatura, lo llamaría primeramente a comprender esas palabras, después de todo hoy en día cualquiera puede publicar si tiene los medios para hacerlo, pero, y este «pero» marca mi labor personal, dedicarse al arte literario exige mucho más que unos cuantos pesos o el mero deseo de hacerlo.

En palabras de Camilo José Cela: «Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio. La verdad del escritor no coincide con la verdad de quienes reparten el oro». En cierto modo, como escritoras o escritores vivimos formándonos para esa obra que trascenderá, pero que parece nunca llegar y podría nunca hacerlo.

En consecuencia, pienso que la primera obligación de un escritor comprometido con su arte o de quien quiera dedicarse seriamente a la escritura será el leer, así que si en efecto alguien quiere escribir, le diría que primero lea, lea todo lo que llegue a sus manos, y ya cuando esté en medio de su propia obra, siga leyendo.

No obstante, que no se quede solo con lo que el papel contiene: escuche, observe, admire, experimente, viva, pues estas constituyen las formas esenciales de toda lectura y me atrevo a decir de todo arte. Luego, si aún tienen la necesidad de escribir, una necesidad que realmente le queme, atrévase a hacerlo.

Participe en concursos, en certámenes, en revistas, revise, corrija y vuelva a enviar sus manuscritos y, por favor, no se quede esperando que alguien lo descubra como si el mundo se lo debiera, pues contrario a lo que dice cierto sujeto de pocas letras, el mundo no conspira a favor de nadie, el mundo se trata de «hacer».

Probablemente lo primero que escriba no será digno de un Príncipe de Asturias, pero en el ejercicio está la maestría y tal como dijo Simone de Beauvoir: «Escribir es un oficio que se aprende escribiendo». Escriba, escriba, escriba, pero ante todo siga leyendo. La literatura es un acto narcisista de amor, pero uno que le llega a todo mundo.

¿Cómo recomendarías tu libro a los futuros lectores?

Si quieren leer un libro honesto, respetuoso con su arte, con una narrativa cuidada que no reniega de su profundidad crítica, aun utilizando un lenguaje sencillo, léame.


CUENTO: EL CERVANTES DE QUIJANA®

«No hay duda de que la ficción hace un mejor trabajo con la verdad.»

Doris Lessing

En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre me gustaría acordarme, Alonso Quijana, a quien en broma algunos llamaban Quijada o Quesada, sobre todo su sobrina que no llegaba a los veinte años y su ama ya muy cercana a los cuarenta, llenósele el cerebro en fantasía de todo aquello que había leído en los libros que llevó a su casa hasta llenar su biblioteca con todos cuantos pudo encontrar. Un día, del poco dormir y mucho leer, deseó con las ansias de quien arde por un amor que se ha alejado, escribir una comedia que para él no habría otra más cierta en el mundo sobre un ingenioso poeta llamado Miguel de Cervantes y Saavedra. Quijada solo sonreíase de la santa ocurrencia entre los libros muchos que allí en la Mancha lo bendecían.

Y así se diría empezando el siglo XVII que Alonso Quesada imaginábase, entre estos tan agradables pensamientos, un primer manuscrito protagonizado por el hijo de un médico natural de Córdoba, sufrido por una existencia de capa y espada, que el mismísimo Lope envidiaría para su Arte Nuevo, empero siendo la historia previa completada por una infancia de llanto y correrías varias, sobrevivida con una olla de salpicón las más noches. También pensábase en un Cervantes de dieciocho años corriendo a Lepanto por un muerto que le habían montado sin justicia, donde herido en el pecho y en la mano izquierda por bala perdida sería después cautivo en Argel donde escribiría de puño bueno y letra pulcra sus andanzas. Sentíase en esa biblioteca, desde el seso de un Alonso nacido cierto tufillo de policial del siglo XIX aún sin inventar.

En el segundo libro, Cervantes moriría heroicamente entre las estrecheces de desdichado escritor digno en desahogar penurias por sus letras, mas bautizado por quienes lo oyeran como el famosísimo Manco de Lepanto. Alonso Quijana, Alonso Quesada o Alonso Quijada, الحمد لله على كل حال, nunca se enteraría que mientras pensábase en cumplir y asegurar con bellas palabras escritas la fantasía que ahora su cerebro devoraba, Pierre Menard, como recogería en el siglo XX el argentino Jorge Luis Borges, ya lo había imaginado a él como don Quijote.

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/microcuentos/3657-el-cervantes-de-quijana.html

CUENTO: EL HOMBRE DEL TERRÓN DE AZÚCAR®

«Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla.»
Gilbert Keith Chesterton

El viento abrió de golpe la mampara de vidrio. Un minúsculo cartelito que decía «abierto» estuvo a punto de sucumbir por el vaivén; pero no cayó. No era la primera vez que una violenta brisa saludaba a los clientes de ese local del centro de Santiago. No obstante, a veces, ella se dejaba acompañar por algún consumidor habitual o, si había suerte, por un nuevo comensal. Sin duda, había una complicidad casi mágica entre el fenómeno eólico y el éxito del pequeño local, ubicado, como la tradición reza para estos lugares, cerca de Merced. O, al menos, así lo recuerdo.

En efecto, recuerdo es la palabra, ya que recuerdo que esa tarde, si es que ya era tarde, el viento abrió de golpe la mampara de vidrio. Un incidente común para la mayoría de quienes, después del trabajo, degustaban un café y una medialuna; pero no así para un niño de actitudes inocentes que acompañaba a su bonita madre. Tampoco para mí, no tan inocente. No, definitivamente, ni para ese niño ni para mí, fue tan común lo que sucedió. Después de todo, yo escribiría este relato años más tarde; mientras que él haría notar a su escéptica madre, solo unos minutos después de que el viento abriera de golpe la mampara, el místico ingreso de un hombre de curiosa vestimenta. Así pasó, según recuerdo.

«Místico» sería la interpretación que yo hago ahora de ese sujeto. En el momento, seguramente lo vi como un hombre extravagante, como muchos, vestido de azul y acompañando al viento. Recuerdo, además, que él usaba un bastón, un sombrero de hongo y unas colleras con forma de océano, entre otros detalles que quizás lo hubieran hecho destacar a primera hora de la mañana, especialmente en el tren subterráneo de Santiago, pero no al final de la jornada laboral, donde el Mundo parece convertirse en una representación de autocomplacencia. Y para qué andar con rodeos, tan extraño no parecía en una calle como Merced.

Recuerdo que este peculiar hombre, tras ingresar al local, se ubicó en una esquina, en una pequeña mesa con una sola silla, imperceptible para la mayoría, y pidió un café. Recalco que imperceptible para la mayoría, pues recordarán que un niño sí lo había notado. Niño más despierto que cualquier adulto que conozca, a cualquier hora del día, y quien, pleno de curiosidad, no podía dejar de observar a este particular sujeto desde el momento mismo en que entró. Además, estaba sentado casi frente a él. Sus gestos, sus gesticulaciones, la forma en que sacó un pañuelo dorado y lo posó sobre la mesa, eran tan impecables que aún me extraña que nadie más lo notara. Sí, podría decir que tuvimos cierta complicidad con aquel pequeño de unos seis o siete años. Yo entonces tenía veintisiete.

El hombre hizo un gesto preciso, vale decir, como todo lo que él hacía desde que el viento lo había invitado a pasar: un dedo alzado, casi como un asta de bandera, solicitaba una atención. De inmediato, una guapa mesera de pelo oscuro y ojos vacíos se le acercó con una taza de café: no había pedido nada más, interpreté. Delicadamente, ella lo colocó sobre la mesa. Luego, miró al cliente sin mirarlo y se fue contoneando sus caderas hacia el interior del negocio. El hombre solo se dedicó a observar la mesa desde que había bajado el dedo solicitador. Aunque, un gesto del pequeño, a quien yo también observaba de reojo, me avisó de un leve brillo en las pupilas del curioso hombre.

El hombre vestido de azul, con un bastón, con colleras ahora color de océano, un sombrero de hongo y una particular sonrisa, llevó su mano al bolsillo derecho. Solo un espectador, además de mí, seguía el movimiento de esa misteriosa mano cuando sacó un terrón de azúcar para acto seguido colocarlo sobre la mesa. Casi de inmediato, el hombre solicitó otro café con su delgado dedo alzado como si del pabellón patrio se tratara. Sí, como leen, ni siquiera había probado el primero, ni realizado movimiento alguno por este: seguía allí, intacto, inmaculado sobre la mesa del local. Entonces, la coqueta mesera llevó otro café. Ni siquiera preguntó, ni le extrañó la actitud del cliente, simplemente ignoró cualquier pregunta que pudiera haber nacido de su ahogada curiosidad. Probablemente, las excentricidades de quienes visitaban el local le daban exactamente lo mismo, en especial si a estos los acompañaba una gloriosa propina.

El acto se repitió siete veces. Siete tazas con café hasta el borde se sirvieron, pero ninguna fue tocada por él. Cabrá mencionar, que también fueron siete veces las que el hombre vestido de azul, con sombrero de hongo, bastón y corbatín llevó su mano a uno de sus dos bolsillos, sacó un terrón de azúcar y lo posó sobre la mesa. Lo curioso era que el resto del local parecía absorto en una especie de sonambulismo, en que nada más existía fuera del breve espacio designado con base en la promesa de un pago servicial. No crean que el niño no había intentado llamar la atención de su madre, pero ella había respondido encantadoramente «sí, qué bonito hijo», por lo que todo intento de más auditorio había sido infructuoso.

Yo observaba. El pequeño también observaba cómo siete tazas de café irreprochables eran distribuidas por este «místico» sobre la brevísima mesa del local que lo albergaba tras haber sido invitado por el viento. En efecto, ambos contemplamos cómo sin sacarse siquiera el sombrero de hongo, el hombre había extraído del bolsillo de su chaqueta azul un compás, una escuadra y una regla y había comenzado a medir la distancia que había entre una taza y otra. Si alguno hubiera prestado atención, habría notado que él intentaba que la distancia entre cada una de estas fuera idéntica y que la luz se distribuyera de forma igualitaria. El café se enfriaba, pero él solo hacía movimientos de satisfacción al ubicar las tazas en el lugar previamente dispuesto.

El viento sopló de nuevo. La mampara se movió. Nadie entró. De todas formas, a nadie le importaba algo de lo que sucedía ni fuera, ni dentro. En cambio, el niño no se perdía detalle de lo que hacía este hombre. Por ello, no se perdió el momento en que tan hipnotizante sujeto echó un terrón de azúcar en cada taza de café. El gesto técnico fue de una precisión maravillosa. El brazo, el codo, la muñeca, la mano y los dedos parecían estar coordinados de manera perfecta, hasta el punto de que pese a la distancia entre cada taza, daba la impresión de que el hombre no había hecho ningún movimiento innecesario. El niño observó cómo salpicaba un poco de café desde cada tacita al recibir el dulce regalo.

Repentinamente, el hombre se quitó el sombrero. Puso sus brazos sobre la mesa y miró fijamente hacia la profundidad de las tazas. Apoyó su barbilla sobre las manos y sonrió mientras esperaba. Luego silbó y esperó. Volvió a sonreír. El niño estaba expectante. La madre solo aguardaba que el tiempo pasara. El Mundo alrededor ya estaba inconscientemente muerto. Recuerdo que, probablemente, solo yo fui capaz de ver en el niño que algo pasaba sobre la mesa de aquel hombre; sin embargo, tengo la certeza de que ese algo ocurrió. El pequeño me ayudaría después a completar mi relato.

El muchacho se refregó los ojos. Asombrado llamó a su madre, quien, complacientemente, miró al hombre de azul, pero no vio nada. Rápidamente regresó a lo suyo pidiéndole al pequeño que se comiera lo que habían pedido o se enojaría con él. El niño sonrío con una mueca de por medio. Miró fijamente al hombre en busca de respuestas. De súbito, notó nuevamente cómo un pececito de colores había saltado de una taza a otra; aun había gotas de café sobre la mesa. El pequeño no podía creerlo, el hombre no dejaba de sonreír. ¿De dónde había salido? Yo aquí me limito a transcribir lo que el niño me contaría haber visto.

Incrédulo, el pequeño no apartó la vista hasta convencerse de que era una Verdad. Nuevamente, con el mismo impulso y velocidad, el pececito de color saltaba hacia la otra taza de café. El salto era idéntico, lo que explicaba la preocupación del misterioso hombre de que todo estuviera dispuesto de forma precisa. No una, catorce veces lo volvió a hacer. Catorce veces brillaron los ojos del niño. Yo lo vi, en él. Entonces, el pequeño no se aguantó las ganas, bajó de su asiento y se acercó al sujeto del bastón. Su madre no lo notó.

El hombre no dijo nada: solo lo miró. Llevó su mano al bolsillo: ¡Un terrón de azúcar! El pequeño se alejó sonriendo, pues tenía el dulce secreto entre sus manos. Ávidamente comenzó a organizar las cosas en su propia mesa: había aprendido algo nuevo del Mundo y quería apropiarse de ello. Movió la sal, la copa de helado que su madre le había comprado, el café de ella… Todo parecía dispuesto. Por eso fue especialmente triste cuando escuchó un «qué estás haciendo», un «pórtate bien», «los niños buenos no hacen eso». Triste, porque se vio obligado a guardar en el bolsillo de su pantalón el mágico regalo para evitar así que este terminara en un amargo café. Craso error, porque en su casa, al echar el pantalón en la lavadora, nada quedaría.

Repentinamente, recuerdo que la garzona se acercó a la mesa del hombre con un papel. Esto sí lo vi. El niño observó cómo ella se enojaba ante el movimiento negativo de la cabeza del elegante caballero, del «mágico» hombre, quien ahora mostraba unos bolsillos vacíos. Unos minutos después, unos hombres de verde entraban antes que el viento moviera la mampara, lo tomaban con poca gentileza de los brazos y se lo llevaban con la misma velocidad con la que entraron. Nadie se percató, ni se enteró de lo que había sucedido, excepto el niño con un terrón de azúcar en sus pantalones. Luego, me diría que siguió observando cómo un pececito de colores saltaba de taza en taza en la bandeja con los trastos sucios que una ofuscada mesera llevaba hacia la cocina.

Recuerdo que cuando me acerqué a completar lo que hasta entonces era solo un acto de fe, su madre solo atinó a señalar que hay gente muy «patuda» en este mundo, que pide café y no es capaz de pagar. Yo no olvidé. El niño tampoco.

Cuento publicado en El curioso caso de la sombra que murió como un recuerdo y otros cuentos (Ediciones Oblicuas: Barcelona, 2018)

CUENTO: UN HIJO DE PERRA®

Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz”.

Jean Anouilh

Te ladraré una brevísima historia. Sí, lo haré con gusto. Solo para que no digas que no te quiero tanto como tú me quisiste a mí. En verdad, espero que sepas escuchar cada ladrido con suma atención, aunque sea un poquito; después de todo, yo siempre te escuché o intenté hacerlo, pese a tu extraño hablar. Sí, lo hice. De hecho, aún recuerdo, los secretos que me narrabas ahí, junto a la cama donde ahora estás; todavía me acuerdo, claramente, del cómo me hablabas de todos tus problemas, pero también de tus triunfos, allí, donde ahora estás llorando. Por ello, yo asumiré que tú también me escuchas, que tú me entiendes, que me sospechas acá arriba, aunque no me veas; y que, por tanto, todavía me quieres. ¿O no son por eso tus lágrimas? ¡Tantas horas llorando! Y te entiendo; no sabes cómo.

Lo cierto es que yo también quisiera aullar fuerte por ti; aun cuando hace mucho que no lo hago. Solía hacerlo; pero cuando comprendí que si no naciste en cuna de oro, que si no has tenido fortuna o que si no has sido humano, la vida será naturalmente difícil, dejé de hacerlo. Muchos años ya desde que caminaba cabizbajo, con frío, comiendo sobras que caían, accidentalmente, de una mesa en el casino de la universidad o que algún alma, de esas que aún existen con algo de bondad, incluso hoy, me acercaba al hocico. Eso debía ser algo bueno, pensaba: ¡Estudiar en la universidad! Comparten con otros, conversan, ríen, tienen tiempo libre, les dan comida… comida. ¡Si tan solo existieran universidades para mí! Al menos, puedo decir que allí te conocí; que allí dejé de aullar. Y esa es la parte linda de la historia: la que juntos construimos. ¿Pero antes de eso?

Yo nací junto a un río. Por si no lo sabías, nací bajo un puente llamado Arzobispo, ubicado en la comuna de Providencia. Si uno lo piensa un poco, todo suena irónicamente religioso; irónico, pues  mi nacimiento no tuvo nada de especial. Después de todo, fui el menor de ocho hermanos, nacidos de una sola vez, lo que hizo las cosas difíciles desde mi primer contacto con este mundo y poco amigables con cualquier fe. Es más, apenas abrí los ojos, apenas comencé a hacerlo, debí asimilar, obligatoriamente, qué es sobrevivir, qué es luchar por la supervivencia, aceptando de inmediato “agachar el moño”, aceptar el “abuso” y “mirar hacia otro lado”. El menor de la camada, ese era yo.

Mi madre fue una verdadera perra. ¿Su pasado? No tengo la menor idea; aunque, al parecer, mi abuela provenía de una familia más pudiente. Inclusive escuché que mi madre tenía ciertos rasgos de pedigrí hasta el punto de que muchos se preguntaban cómo había llegado a esa situación. ¿Sobre mi padre? La verdad es que no tengo mucho que decir, pues, desde que vine a este sucio mundo santiaguino, nunca lo conocí. Probablemente, era de esos machos alfa que abundan en el país; de esos que tienen una filosofía muy clara sobre la paternidad: preñar y desaparecer. A él le debo una horrorosa mancha de nacimiento sobre mi muslo; horrible, pues todo el mundo me decía “feo” al solo verla. Esa es su herencia.

Ciertamente, mi vida, desde un principio, no auguró el acceso a los mayores manjares de esta ciudad. Por el contrario, desde muy cachorro debí arreglármelas solo si es que quería comer y sobrevivir o, simplemente, no morir en una esquina de la capital. ¿Por qué ese afán mío de seguir viviendo? Una pregunta que insistía en hacerme durante mis recorridos por Avenida la Paz, por Estación Mapocho, por el Puente Cal y Canto. Lugares graciosos, tanto como mi querida Providencia. Graciosos, porque allí uno descubre lo raro que son ustedes: Avenida la Paz, nada tranquila; la Estación Mapocho, no era una estación; el Puente Cal y Canto, no era un puente. Y luego nos dicen a nosotros irracionales.

En fin, te ladraba acerca de cómo debí arreglármelas desde muy pequeño. Recuerdo vívidamente cómo durante un tiempo mi único consuelo fue saber que no era el único en tamaña empresa, pues mis hermanos también debieron solucionar ese dilema que nadie que respire, camine o folle puede omitir: el comer. Sinceramente, no éramos para nada apegados. ¿Cómo serlo? Si el beber juntos la leche de mamá ya era una muestra de lo que el futuro nos deparaba: lejanía y ausencia; y mucha pelea. En efecto, al poco tiempo nos distanciamos hasta el punto de que solo esporádicamente sabíamos algo de cada uno.

¿Por qué el Creador nos puso aquí? ¿Existe tal Creador? Filosofaba, me interrogaba a veces a las afueras de la Catedral Metropolitana, durante uno de mis habituales y solitarios recorridos de “callejero” por la Plaza de Armas; ello, mientras veía a mucha gente entrar y salir, pegarse en el pecho y llorar, sacar fotos y reír, siempre haciendo caso omiso de mi presencia, por más sediento que estuviera. Sin embargo, pese al que le pese, viví. Lo que ya es mucho decir, ya que meses más tarde un perro viejo me gruñiría acerca de tres perritos que habían muerto cerca del metro: a uno lo envenenaron; al otro, lo atropellaron; al tercero, y por este sentí a un más dolor, lo apalearon por ser atrapado in fraganti con una hogaza de pan. Antes de eso, yo pensaba que ustedes juzgaban a sus ladrones; lo que no sabía era que robar comida implicaba “muerte”. Gruñí, pero decidí no quejarme, pues, según un desaliñado predicador, Dios les había dado la potestad sobre nosotros: “Llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. Nada que hacer. Eso explicaba todo. ¡Ese Dios se equivoca!

Pese a todo, he de decir que el deambular solo tuvo sus ventajas. Por lo menos, después de muchos meses y de mucha experiencia ganada a costa de patadas e insultos, me fue más fácil conseguir alimento; no como cuando éramos seis corriendo de aquí a allá. Con los años, también me alejé de mi madre. No porque quisiera, sino porque era la única forma de conseguir algo más que llevar al hocico. Lo confieso: la verdad es que me perdí. No supe cómo volver a ella, y por más que le ladraba a la gente, nadie me ponía atención. Solo unos niños trataron de ayudarme, pero sus poco considerados padres los apartaban de mí, aludiendo no sé que qué enfermedad podría tener… ¡Cómo si yo fuera una paloma!

Siempre he creído que los niños debieran gobernar esta ciudad. Al menos, nosotros no sufriríamos tanta pellejería por culpa de esos seres en los que se transforman. Los niños entienden nuestros ladridos y nuestras miradas; también nuestros corazones. Los adultos solo entienden esos aparatos rectangulares que llevan conectados a la cabeza: más de alguna vez chocaron conmigo por no ir mirando por dónde iban. Aunque eso era mejor a ser ignorado; lo era; aunque después me echaran la culpa.

¡Uf!, humanos. Dos amos tuve antes de ti: humanos también. Dos seres que acepté por necesidad, pues me vi tan cómodo y alimentado durante meses, que dejé de ladrar por mis deseos, de gruñir mis peticiones, todo con tal de hacer el menor esfuerzo mientras estuve con ellos; para no molestarlos. Lo irónico es que esos dos “amos” eran muy parecidos a nosotros. Hombres y mujeres elegantes, limpios y sin gestos los despreciaban e ignoraban como si fueran una lacra, unos simples “perros de la calle” que merecían su situación. Tal vez por eso admití sumiso acompañarlos en su día a día. Eran más pobres que yo, más sufridos que yo, mas muchas veces dejaban de comer para alimentarme.

El primero fue uno de esos que llaman “mendigo”. Como si la ironía fuera ley de la vida, pasaba casi todo el día fuera de una iglesia que está en la calle Estado. Mi amo no era para nada un santo, pero entiendo su actitud, ya que la gente después de rezar y llorar y cantarle a un par de figuras, lo ignoraba al salir del edificio, e incluso lo mandaban a trabajar, como si él nunca lo hubiera intentado. “Dios proveerá”, él decía. Luego descubrí cómo aprovechaba cualquier descuido y ¡zas! una billetera de cuero para agradecer al Cielo la oportunidad. En algunas ocasiones, el efectivo bastaba para que nos diéramos un festín: ¡Gloriosa justicia! Sin embargo, ningún trabajo es para siempre y un día lo pillaron. Se lo llevaron entre cuatro seres de boina; hermanos supuse. No lo volví a ver.

El segundo “amo” fue una mujer, según entiendo. A ella la veía solo de noche en la calle San Antonio. Siempre tenía una palabra linda para mí; lo que me sorprende, pues no era muy lindo lo que a ella le decían. Nunca entendí el por qué usaba ropa, si vestía casi como que no la usara. Y tampoco me parecía muy lógico que, de veces, unos sujetos pagaran para llevársela a un auto o a un rincón y hacer eso que yo hacía sin tanta ceremonia cuando me daba la gana. No obstante, más allá de su extraña actividad, agua y comida no me faltaron en esa esquina. En esos momentos, creía sentir a Dios.

Ella era muy linda, más allá de sus ojos tristes y su gastado cuerpo. Y a mí me trataba como al perro más fino de la ciudad. Yo solo atinaba a mover la cola, pues hace tiempo que había olvidado cómo ladrar. Según entendí: ella tenía precios para todo. Nunca comprendí mucho la situación. Hasta que mi estadía se vio abruptamente interrumpida… Sí, otra vez por culpa de esos violentos seres vestidos de verde. Me parece que ellos se dedicaban a eso, aunque nunca vi que se llevaran a los tipos de corbata, de falda o de traje.

Así fue como, repentinamente, me vi solo en este Mundo. Una vez más. Hasta que te conocí en la universidad. Y aun cuando yo estaba tiritando de frío, con mucha hambre, y lleno de pulgas, me recogiste, me cuidaste, me pusiste un nombre, un lindo nombre, y me tuviste a tu lado hasta el último día. Entonces supe que no había nacido solo para sufrir y que eso que llaman Dios, tal vez no fuera un alguien distinto a ti o, tal vez, estaba en ti, con tu mirada de niño. Entonces, fui simplemente feliz. Volví a ladrar.

Mi cuerpo está en tu jardín, han pasado unas horas desde que me enterraste. Alguien podría pensar en tierra y cal, pero yo veo lo mucho que te preocupaste de darme un descanso digno. Hasta florcitas crecerán allí. Y mi nombre también está escrito. Yo estaré cuidándote. Moveré la cola donde sea que esté. Sé feliz, la vida al final no es tan perra y cuando lo parezca, solo escúchame ladrar. Te quiero.

AUDIOCUENTO: SAÚL REBOLLEDO GUZMÁN®

Ismael Lorenzo, escritor, educador y director de Creatividad Internacional, me ha entrevistado para su programa de radio, desde Miami, Estados Unidos, a propósito de mis últimos libros y de otros proyectos. ¿Deseas adquirir No fue un catorce de febrero y otros cuentos? Visita la siguiente página web: https://www.terraignotaediciones.com/catalogo/libros/no-fue-un-catorce-de-febrero-y-otros-cuentos/ En México: https://www.gonvill.com.mx/libro/no-fue-un-catorce-de-febrero-y-otros-cuentos_4396013907 Disponible en toda España y gran parte de Latinoamérica.

CUENTO: SAÚL REBOLLEDO GUZMÁN®

Por José Baroja

«La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita.»
Óscar Wilde

—¡Ayúdenme, por favor! —gritaba Abel, al otro lado de la mampara de ingreso al Registro Civil.
—¡Ayúdenme! —Escucharon quienes allí tramitaban a esa hora la inscripción de sus hijas e hijos en el Sistema.

Instintivamente, la gente, amontonada por horas al interior del servicio público, se estremeció, como si comprendieran en esos gritos algo que ocultaban profundamente dentro de sí. Los dos guardias del recinto, poco habituados a este tipo de manifestación, rápido salieron a la calle para ver qué sucedía. Al descubrir a este hombre, don Camilo, el más viejo de los dos, atinó a hablarle como si se tratara de un antiguo amigo en problemas. «Me desvanezco», fue lo que escuchó como respuesta. Ciertamente ese hombre no podía ingresar en tal estado a un edificio de gobierno: ojos hinchados como los de un sapo, ojeras que parecían surcos de alguna excavación abandonada, un intenso olor a alcohol, sin duda, no había cerrado los ojos durante toda la noche; ni siquiera se había bañado.

—Señor, no puede entrar así, acompáñeme. —Fue lo que la gente escuchó.

Para Abel, la mañana del día anterior había comenzado de lo más rutinaria. Había solicitado permiso para acudir al Banco Nacional, con el objetivo de pagar algunas cuentas y sacar algo de efectivo. A las nueve de la mañana ya estaba atrapado en una de esas interminables filas de incierto final. Celular en mano, Abel solo buscaba en qué entretenerse esperando que el tiempo se diluyera para poder salir pronto de allí. Repentinamente, lo inusual. Una señora menudita, con una pequeña joroba y con aroma a marihuana se le acercó.

—¿Cómo estás, Saúl? —le preguntó.
—Señora, me confunde con otra persona —respondió sorprendido.
—Tú eres Saúl, por qué engañas a esta vieja, eres el hijo de Delmira —remarcó.
—No señora, mi nombre es Abel Hermosillo Gutiérrez —respondió, ofuscado.

La mujer se alejó enojada, convencida de la mala educación de ese joven llamado Saúl, y nada más que Saúl, hijo de la tal Delmira. Él simplemente atribuyó el hecho a la senilidad, por lo que, todo bien. Después de treinta minutos más: «Pase», escuchó desde una pequeña ventanilla, seguido por un «su cédula de identidad, por favor». La cajera, tras verificar todo, lo miró un par de veces con notoria incredulidad.

—Este no es usted. —Abel de inmediato palideció.
—Mi nombre es Abel Hermosillo Gutiérrez —dijo con firmeza.
—Señor, este no es usted —respondió la cajera señalando el documento en su mano.

Abel comenzó a alterarse, lo que movilizó a los guardias del lugar, ansiosos de hacer algo más que estar de pie todo el día. Ante la insistencia y negativa, Abel se desesperó más. Un breve forcejeo, un «yo soy Abel Hermosillo Gutiérrez», que se escuchó hasta la otra esquina, y sin más, arrojado fuera de la sucursal.

—¡¿Qué se han creído?! —Fue lo primero que pensó.
—¿Qué pasó allí? —Fue lo segundo.

En busca de claridad, decidió llamar a su madre, después de todo qué haríamos sin ellas, reflexionó.

—¿Quién habla? —respondió una dulce voz, al tiempo que Abel agradecía a Dios por una voz conocida.
—Soy yo, Abel, tu hijo —contestó alegremente.
—¿Saúl eres tú? —Fue lo siguiente que escuchó del otro lado del celular.

Espantado dejó caer el aparato para ponerse revisar las tarjetas en su cartera. ¡Horror! Todas decían «Saúl Rebolledo Guzmán». ¿Quién pinche era Saúl Rebolledo Guzmán? Todo su día giró en torno a esto. Toda su noche fue un ir y venir de ideas hasta que, en la mañana, desesperado, salió rumbo al Registro Civil con un grito en la garganta: «Ayúdenme, por favor». El resto, ya lo sabes.

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/cuentos/3730-desde-guadalajara-un-nuevo-cuento-de-jose-baroja.html

CUENTO: HANNAN®

“You can stroke people with words”.
F.Scott Fitzgerald

Por primera vez, después de muchas semanas en su nuevo trabajo de oficinista, Gustavo Guarnieri se descubrió solo dentro del pequeño cubículo que ocupaba de lunes a viernes, entre las ocho y las dieciocho horas. Indudablemente, el darse cuenta de que todos ya se habían marchado a casa resultó ser una inesperada sorpresa.

—¿Hay alguien?—, preguntó esperando un enérgico “sí” para luego, instintivamente, mirar el reloj ubicado sobre la salida de emergencia.

Eran las veinte horas. Aparentemente Gustavo Guarnieri se había concentrado tanto en sus papeles, tal vez con el objetivo de impresionar a algún jefe observador, que no había tomado en cuenta nada ni a nadie con tal de terminar todo. Además, Gustavo solía usar unos enormes audífonos para escuchar “música de trabajo”, cuestión que, sin duda, había contribuido en su despiste, aun cuando las paredes que lo encerraban no superaban el metro setenta de altura.

Como sea, a las veinte con un minuto, Guarnieri experimentó uno de esos inusuales momentos que surgen incluso dentro de las incansables y maquiavélicas sociedades capitalistas de hoy: estaba solo consigo mismo. Por eso no extraña tanto que, en vez de tomar sus cosas y salir como lo haría una persona común y corriente, él se mantuviera sentado, aflojara su corbata, se inclinara sobre su asiento y, por un instante, se diera permiso para buscar libre, absolutamente libre las imperfecciones del blanco techo que desde la mañana cubría sus dos metros cuadrados de ilusoria propiedad.

A las veinte con diez minutos, Gustavo Guarnieri empezó a sentirse inquieto. Mientras su observación del techo concluía en que todo el material utilizado en ese edificio parecía ligero y desechable, la repentina soledad había hecho suficiente silencio para que sus cuestionamientos existenciales más profundos cobraran vida como si fueran molestos zumbidos arremetiendo contra sus oídos: “¿Quién soy?”, “¿Por qué estoy aquí?”, “¿Cómo llegué aquí?”…

Apurado por una molesta necesidad de respuestas, Gustavo hurgó en los cajones de su escritorio buscando algo que le recordara su identidad, el porqué estaba allí o, al fin y al cabo, algo que le sirviera de excusa frente a esa voz antes adormilada que, de súbito, parecía retomar el control de su cabeza con más fuerza. Fue entonces cuando desde el fondo del cajón apareció una pluma fuente que él mismo había escondido cuando recién comenzó a trabajar en ese lugar, pero que, sin embargo, había olvidado. Una pluma fuente azul con bonitos bordes plateados y con una plumilla que en sí misma era una verdadera obra de arte.

“Una pluma es una herramienta que denota elegancia”, le dijo alguna vez su padre. “Muchos artistas las usan para dibujar”, le dijo en otra ocasión su madre. Cuando recién la compró, Gustavo no se atrevió a escribir algo con ella, pues no quería romperla, pero cuando la conoció de verdad, la usó en todos sus versos; esos versos que había reemplazado por un uniforme que ni siquiera le gustaba. Repentinamente, Gustavo Guarnieri, después de mucho tiempo, conectó consigo mismo.

Ante tal descubrimiento, rápido buscó un papel, pues un deseo insoslayable y primigenio de escribir apareció junto con el lápiz en su mano. No, Guarnieri no solo quería escribir, Gustavo comenzaba a recordar. Gustavo comenzaba a traducir a bellas letras manuscritas una hermosa sonrisa que reaparecía en su memoria. Escribió una primera palabra: “Recuerdo”. La “R” era curvilínea, sorpresivamente bella para alguien habituado a un computador. “Mezcla de delicadeza y presión, como hacer el amor”, piensa durante un segundo. De repente se da cuenta de que quiere describir una mirada que conoció en una de esas fiestas a las antes se dejaba caer, más por un sentido de lo social que por gusto. “Hannan” se llamaba la dueña de esos labios que recordaba entre sueños. “¿Estaba enamorado?”, creyó preguntarse mientras ella, muy segura de sí misma, le pedía su nombre, se burlaba tiernamente de su timidez invitándolo luego a bailar. Gustavo nunca había bailado, pero allí estaba, moviéndose mientras luchaba por no perder de vista esos ojos que lo sacaban de sí mismo.

“Una primerísima sonrisa”, escribe ahora, al mismo tiempo en que comienza a darse cuenta de las manchas que cubren su cubículo y los de los demás. La mano de Gustavo Guarnieri tiembla por un segundo. Las letras delante de sí se han convertido en algo más allá de una pluma fuente escondida en el fondo de un escritorio. Su escribir es delicado e inspirado por esa fuerza que descubrimos cuando estamos con nosotros mismos, cuando nos atrevemos a ser honestos: cualidad ineludible de la mejor literatura.

“Un magnífico silencio y una coqueta incógnita atravesando”, piensa buscando una idea que tenga sentido con ese verbo. “¡Un puente!”, concluye en el siguiente verso. Ahora sonríe. Nunca pensó que Hannan todavía estuviera en su alma reprimida; menos que hubiera un poema más para ella. “Entre nosotros” es la próxima línea. El reloj sobre la salida de emergencia ya es una anécdota. Su soledad también.

A las siete cuarenta y cinco, sus compañeros llegan a la oficina. Cada uno se instala automáticamente en su cubículo. Nadie se percata hasta las doce, más o menos, que Gustavo duerme plácidamente en el suelo, junto a una pluma fuente, sobre una hoja con un poema que comienza así:

Recuerdo una primerísima sonrisa,
un magnífico silencio
y una coqueta incógnita atravesando un puente
entre nosotros
(…)

Al despertar, Gustavo probablemente renunciará a su trabajo; tal vez, se encuentre con ella.

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Publicado en Cuentos Reunidos-Antología Breve (Editorial Equinoxio: Mendoza, Argentina, 2019)
Publicado en No fue un catorce de febrero y otros cuentos (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, España, 2020)

http://letras.mysite.com/jbar270520.html

AUDIOCUENTO: UN PAÑUELO Y UNAS LÁGRIMAS®

"El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos." Arthur Schopenhauer Cuento publicado en "Cuentos de un escritor chileno en México" (Mini Libros de Sonora: San Luis Río Colorado, 2019)

CUENTO: ETZATLÁN®

A SINAÍ

«Siempre que odio y amor compiten, es el amor el que vence.»
Pedro Calderón de la Barca

Esta historia comienza con un abrazo que nunca termina, un abrazo que se convirtió en tradición entre la generosa gente de Etzatlán; un perfecto y cándido cariño entre amantes, añadiré, consumado en la plaza de armas de la ciudad; un hito que se repitió una y otra vez desde aquel lejano 31 de diciembre, hasta que todos acabaron por entenderlo como una parte indispensable del festejo de cada Año Nuevo; incluso hubo quien afirmó que de no ocurrir dicho evento, existía la posibilidad cierta y terrible de que enero nunca arribara, pues la Luna, celosa de esta historia, se detendría forzosamente al no encontrarlos allí, y el Sol, el Sol no aparecería jamás. Lo mismo podríamos decir acerca de ese beso prolongado que siempre lo seguía, como si uno y otro fueran parte de una misma promesa. Y quizás lo fueran, ya que allí en Etzatlán, cuando esos dos amantes se encontraban, el frío de invierno no importaba más y, necesariamente, la ciudad se transformaba en el centro del mundo; centro del mundo que comenzaba en ella y terminaba en él; centro del mundo que empezaba en él y concluía en ella.

No obstante, antes de que ese abrazo y ese beso se constituyeran como los pilares definitivos de esta historia, hubo una primera vez, una en que el amor de esas dos almas, reencontrándose acaso después de cuántas vidas, terminó siendo más fuerte que todos los prejuicios que ya arrastraban acerca de lo que significa amar. En efecto, esa medianoche, después de solo unos cuantos días de sonrisas bobas, ideas futuras y sospechas muchas acerca de algo más grande que ellos mismos conjugándose en sus corazones, se descubrieron desnudos bajo las luces de una ciudad que esa jornada bien habría podido convertirse en el faro de todo México. En Etzatlán, en el ahora centro del Mundo, ambos se miraron como solo lo habían insinuado los días previos; luego se abrazaron como si no quisieran jamás soltarse, al tiempo que se desprendían de todos sus miedos solo para, finalmente, besarse, besarse hasta concebirse uno en el otro; momento preciso en que un «sí, acepto», sin iglesias, sin coros, sin gente, sin familia, sin juicios, se deslizó como real: la poesía se hizo real. Por supuesto, ambos amantes no sabían que al año siguiente regresarían; y al siguiente, y al siguiente también.

Con el pasar del tiempo, el relato corrió como el canto de un juglar a través de todo México, país que rápido comprendió que el centro del mundo estaba allí, no en New York; allí, en medio de esa plaza hermosamente iluminada en espera de un año que seguiría ofrendándose al amor o no sería. Tal fue la fama que esta historia alcanzó, que, cada 31 de diciembre, muchos enamorados comenzaron a visitar Etzatlán, con la esperanza de renovar sus votos junto a esa pareja que, año tras año, se regocijaba en medio de miradas que reconocían en ellos la genuina eternidad. Por eso, el ayuntamiento, temeroso de que a la muerte de los amantes la Luna y Sol dejaran de renovar sus propios votos con nosotros, decidió instalar una bella escultura en medio de la todavía famosa plaza de armas, escultura en la que se revelaba a la pareja de amantes renovando a perpetuidad su amor en un abrazo y un beso que se prolongaba en el fino mármol; un abrazo y un beso nacidos en el centro del mundo; centro del mundo que comenzaba en él y terminaba en ella; centro del mundo que iniciaba en ella y concluía en él; centro del mundo donde la muerte ya no tenía cabida; Etzatlán, al fin y al cabo.

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/cuentos/3640-etzatlan.html

CUENTO: JUBILACIÓN®

Por José Baroja

«Teme a la vejez, pues nunca viene sola.»
Platón

El día en que Gonzalo Benavides cumplió los sesenta y cinco años, durante la mañana, después de apagar un viejo despertador de cuerda que no le había fallado nunca durante el tiempo en que trabajó en esa mediana empresa de telefonía, propiedad de dos judíos ortodoxos poco dados a escuchar, creyó sentir en su nariz un leve olor, muy parecido, tal vez, al de la carne a punto de quemar. Tras estirarse un par de veces, decidió apurar el paso rumbo al baño, donde orinaría con molesta dificultad, al mismo tiempo que un poco amable espejo acusaba los años cayendo de golpe sobre su desnudez.

—Realmente llegó la hora —pensó—. ¡Qué viejo estoy!—Remató intentando imitar algo similar a una sonrisa.

Después de ducharse, Gonzalo se sentaría al borde de su enorme cama, donde guardaría sacro silencio durante unos segundos para finalmente asumir que era su cumpleaños.

—Feliz cumpleaños —se dijo con aire socarrón—. No tardes—. Serían sus palabras junto a un profundo suspiro de resignación.

Vestido solo con un slip blanco y calcetines negros se dirigió al viejo ropero. Buscó su mejor traje, uno que no utilizaba desde antes de un penoso divorcio. La verdad es que se sintió muy bien de volver a utilizarlo, sobre todo porque hoy era su cumpleaños y también el día de su jubilación. Hora de salir rumbo al trabajo.

Cuando Gonzalo Benavides llegó a la oficina, ya anticipaba que sus compañeras y compañeros lo felicitarían, no por genuina amistad, sino porque la empresa acostumbraba como política enviar un correo electrónico a todos avisando qué «peones» cumplían años. Además, en su caso, la celebración sería doble. ¡Cuánta importancia! ¡De cumpleaños y jubilado! Por ello, no lo sorprendió que al rato de instalarse en su oficina fuera citado formalmente a la sala de reuniones: Gonzalo ya conocía el protocolo. Al entrar en esta, se encontraría de frente con fingidas sonrisas y con uno de los gerentes generales de la empresa mirándolo gozosamente, un tal Rodrigo Stein, quien rápido lo invitaría a sentarse en su propio lugar, ese destinado solo a la «familia». Luego comenzaría el forzoso y sentido discurso.

—Compañeros, compañeras, quiero que todos le regalemos hoy un aplauso a nuestro querido Gonzalo, quien, con sesenta y cinco años cumplidos se retira a una vida mejor después de… ¿cuántos años? —se interrumpió.

—Treinta y cinco —respondió Benavides.

—… Treinta y cinco años, por eso hoy como empresa hemos querido reconocer su ardua labor regalándole para recuerdo de su familia este galvano de madera que simboliza nuestro respeto por su trabajo y dedicación, y esta ánfora que nos comprometemos a hacer llegar a quien guste —finalizó.

Aplausos complacientes se escucharon dentro de la sala de reuniones, mientras don Rodrigo Stein le entregaba el reconocimiento con extremada pompa.

—Gracias —atinó a decir Gonzalo antes de que el gerente general invitara a todos a disfrutar del mínimo cóctel preparado en honor del jubilado y cumpleañero.

—¡Qué gran jefe! —algunas y algunos murmuraron entre galletitas.

Treinta minutos después, acabado el festejo y, en particular, la comida, Rodrigo Stein llamó al verdugo oficial de la compañía. Al llegar, todas y todos aplaudieron nuevamente; él, en cambio, con esa celeridad propia de quien disfruta su trabajo, no tardó en identificar a Gonzalo Benavides como el feliz jubilado. Bastó solo un gesto amable para que Gonzalo se pusiera de pie, agradeciera a los presentes, estrechara la mano de don Rodrigo y le dijera respetuosamente que el ánfora no era necesaria, así que la donaba para una siguiente jubilación.

—El galvano, por favor, que le llegue a mi exesposa —dijo, antes de salir por la puerta principal en compañía del gentil verdugo.

Seis pisos descendieron antes de llegar a una habitación enorme, similar a una bodega, con varias tuberías visibles que probablemente proveían de agua a todo el edificio. Era la primera vez que Gonzalo estaba ahí. Lo siguiente que vio fueron tres camillas, mucha ropa apilada en una esquina y al fondo, tres hornos enormes, cuyo propósito era evidente.

—Desnúdese, por favor. —Fue lo siguiente que escuchó.

Asumido ya de sus sesenta y cinco años, Gonzalo no dudó, por lo que tardó pocos minutos en quedar completamente desnudo.

—Recuéstese, por favor —dijo el verdugo apuntando a una de las camillas, a lo que Gonzalo asintió.

Ese hombre, pese a ocultar su rostro, le transmitía cierta e inusual tranquilidad. Cuestión que interpretó como un gesto de indudable profesionalismo de su parte, por el que agradeció sinceramente, un momento antes de que sus tobillos y muñecas fueran amarrados con firmeza a la camilla sobre la que ya se había recostado. Después, unos segundos de silencio seguidos por un sonido metálico de lo que suponía la compuerta abierta de uno de los hornos que había visto al entrar.

—¡Feliz jubilación! —Fue lo último que escuchó.

Dos días después, el galvano llegaría a manos de su exesposa.

Nota: Publicado en No fue un catorce de febrero y otros cuentos (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021)

https://www.letrasdechile.cl/home/index.php/cuentos/3712-un-inquietante-cuento-del-escritor-chileno-jose-baroja-enviado-desde-mexico-a-letras-de-chile.html

AUDIOCUENTO: PALOMA®

"Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria." Lousie Glück Busca mis cuentos en librerías de toda España, México y gran parte de Latinoamérica: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima)

AUDIOCUENTO: NOCAUT®

"Quien a ser traidor se inclina, tarde volverá en su acuerdo." Tirso de Molina Más cuentos en librerías de toda España, México y gran parte de Latinoamérica: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima)

AUDIOCUENTO: EL DEPARTAMENTO 421®

"En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva". Juan Ramón Jiménez Busca este y otros cuentos en: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: SALUD PÚBLICA®

"La única manera de conservar la salud es comer lo que no quieres, beber lo que no te gusta, y hacer lo que preferirías no hacer." Mark Twain Cuento publicado en "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: INFIERNO®

"¿Qué es el infierno? Yo sostengo que es el sufrimiento de ser incapaz de amar". Fiodor Dostoievski Cuento publicado en "Cuentos de un escritor chileno en México" (Mini Libros de Sonora: San Luis Río Colorado)

AUDIOCUENTO: MELANCOLÍA®

"Nadie tiene dominio sobre el amor, pero el amor domina todas las cosas." Jean de La Fontaine Cuento publicado en "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE®

"Se llama matrimonio de conveniencia a un matrimonio de personas que no se convienen en absoluto." Oscar Wilde Cuento publicado en "Cuentos de un escritor chileno en México" (Mini Libros de Sonora: San Luis Río Colorado)

AUDIOCUENTO: HISTORIA DE DOS HOMBRES QUE SE EXTRAVIARON EN EL OLVIDO®

"Ya te lo decía yo. Era imposible el olvido. Fuimos verdad. Y quedó." Jorge Guillén Cuento publicado en "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: LA ESPADA MAESTRA®

"La única patria que tiene el hombre es su infancia". Rainer María Rilke Cuento inédito. Para más cuentos, busca en librerías de todo el mundo: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima, 2020)

AUDIOCUENTO: SEBASTIÁN®

"Difícil es templar en el poder a los que por ambición simularon ser honrados." Salustio Cuento inédito. Para más cuentos, busca en librerías de todo el mundo: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima, 2020)

AUDIOCUENTO: DESAPARICIONES®

"La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte". Epicteto de Frigia Cuento publicado en "Cuentos de un escritor chileno en México" (Mini Libros de Sonora: San Luis Río Colorado)

AUDIOCUENTO: ORFEO®

A Clemente

"Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro". Franz Kafka Cuento publicado en "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: PRESENTE, PASADO Y FUTURO®

"Los relojes matan el tiempo. El tiempo está muerto siempre que esté siendo marcado por las pequeñas ruedas; sólo cuando el reloj se detiene el tiempo viene a la vida". William Faulkner Cuento publicado en "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona) A la venta en librerías.

AUDIOCUENTO: LLUVIA Y VIENTO EN CIUDAD DE MÉXICO®

"La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo". Maurice Maeterlinck Cuento inédito. Para más cuentos, busca en librerías de todo el mundo: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima, 2020)

AUDIOCUENTO: UNA PIEDRA®

"Una sola piedra puede desmoronar un edificio". Francisco de Quevedo Cuento inédito. Para más cuentos, busca en librerías de todo el mundo: "No fue un catorce de febrero y otros cuentos" (Terra Ignota Ediciones: Barcelona, 2021) "El lado oscuro de la sombra y otros ladridos" (Ediquid: Lima, 2020)

SALUDO A LAS Y LOS AMIGOS DEL LIBRO Y LA CULTURA DE CURACAUTÍN, CHILE

Junto a la escritora Leyda Mariscal, mi amada esposa, agradecemos la invitación realizada desde Curacautín, Chile, para ser parte del Festival Las Raíces 2021. En consecuencia con nuestra gratitud, hemos querido regalarles un cuento breve, muy acorde con este Año Nuevo: esperamos que lo disfruten y que tengan un muy buen 2022.

¡MUY FELICES FIESTAS!